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Holanda pasó de ser libre, al toque de queda y encierro.

Durante la primera ola de coronavirus, los Países Bajos fueron famosos por su “bloqueo inteligente”, con uno de los enfoques más suaves de Europa en la lucha contra la pandemia, solo superado por Suecia.

Ahora, para afrontar la quinta oleada, es la nación la que ha optado por la línea más dura junto a Austria. En el país, cuyos ciudadanos se muestran muy reticentes a ceder su libertad incluso en caso de una emergencia como esta, en noviembre estallaron los disturbios más feroces del continente con el único anuncio de la vuelta del toque de queda de los locales. Desde entonces, el gobierno ha optado por la línea cada vez más dura, quizás también como respuesta no solo al aumento de contagios, sino también a las protestas y al incumplimiento de las normas de distanciamiento social de algunos de los ciudadanos.

Las cosas empezaron a precipitarse en noviembre. Fue entonces cuando, a pesar de que la nación había alcanzado el récord vacunación más alto de Europa (alrededor del 85 por ciento), las personas enfermas comenzaron a acudir en masa a los hospitales. A mediados de mes, había 1.800 pacientes de Covid hospitalizados, incluidos 380 en cuidados intensivos. Un año antes, cuando aún no habían dosis de vacunas, tenían 1.500 internados, de las cuales 586 en el reparto intensivo. Con la diferencia, además, de que si en 2020 las admisiones estaban en fase menguante, la curva parecía destinada a volver a subir. Un caso casi único en Europa que ha preocupado a los expertos gubernamentales.

Así que el primer ministro Mark Rutte, entonces todavía al frente de un gobierno provisional, mientras luchaba con la difícil formación de un nuevo ejecutivo desde las elecciones de marzo pasado, decidió imponer un toque de queda parcial a partir del 13 de noviembre de al menos tres semanas con el cierre anticipado. A las siete de la tarde bares y restaurantes y todas las tiendas “no imprescindibles”, y luego el cierre al público de todos los eventos deportivos. Además, a los que podían trabajar desde casa, se les pidió limitar y recibir solamente a cuatro personas en el propio hogar. Una semana antes, se habían reintroducido las máscaras de interior y se amplió la lista de locales para los que se requería acceso con el Green Pass. Sin embargo, en la tercera dosis, el programa de vacunación fue lento y se planeó ofrecerlo a los mayores de 80 años solo en diciembre.

El primer apretón de las nuevas restricciones, no fue bien recibido por la población y estallaron manifestaciones violentas en varias ciudades. La revuelta fue iniciada por Rotterdam, donde cientos de personas salieron a las calles y se manifestaron incluso con métodos violentos. El fuego se extendió luego a otros centros donde multitudes de ciudadanos, muchos de ellos jóvenes, prendieron fuego a automóviles y tiendas, arrojaron piedras y dañaron tiendas y vehículos, incluidos vehículos policiales. Decenas de personas resultaron heridas y detenidas. Incluso en La Haya fue atacada una ambulancia que transportaba a un paciente al hospital, destrozando el parabrisas con una piedra. Rutte llamó “idiotas” a los manifestantes y habló de “pura violencia disfrazada de protesta”, desde entonces ha optado por una línea cada vez más dura.

Y así, cuando el primer ministro la semana pasada ganó confianza en su nuevo gobierno, y ahora sintiéndose en pleno poder, Rutte ha impuesto un bloqueo real hasta el 14 de enero, con el cierre de tiendas no esenciales, restaurantes, actividades recreativas y deportivas, escuelas y peluquerías, y la imposición de un límite de hasta dos huéspedes en la casa. No obstante los holandeses pudieron celebrar San Nicolás el pasado 6 de diciembre, que es casi más importante para ellos que la Navidad.

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