Jóvenes africanos llegaron a Rusia buscando salarios, empleos o una oportunidad. Algunos sabían que firmaban contratos militares; otros aseguran que fueron engañados. Hoy varios están prisioneros en Ucrania. Entre una versión y otra queda una pregunta bastante más incómoda: ¿quién está alimentando una guerra con la desesperación ajena?






