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COMPRO VOTOS

Hay promesas electorales. Hay promesas generosas. Hay promesas imposibles. Y después está Donald Trump, que ha decidido simplificar varios siglos de teoría democrática mediante una cifra redonda: 5.000 dólares.

El presidente de Estados Unidos prometió que cada ciudadano adulto recibirá un “Trump Dividend” de 5.000 dólares si los republicanos conservan el control de la Cámara de Representantes y del Senado en las elecciones de mitad de mandato.

La sutileza no parece haber sido invitada a Dallas.

No dijo simplemente: nuestra política económica permitirá distribuir un dividendo. Tampoco presentó primero una ley, explicó su financiación y dejó después que los ciudadanos juzgaran sus bondades. La secuencia ofrecida fue bastante más fácil de comprender: si ganamos nosotros, cobran ustedes.

Conviene no llamar jurídicamente compra de votos a aquello que todavía es una promesa electoral condicionada. Las palabras tienen peso, especialmente cuando se acusa a un presidente. Pero tampoco conviene hacerse el distraído cuando la zanahoria viene acompañada del precio escrito en números grandes.

Porque 5.000 dólares multiplicados por la población adulta estadounidense dejan de ser un regalito de campaña y entran rápidamente en la categoría de las cifras con doce ceros. Las primeras estimaciones sitúan el costo por encima del billón de dólares.

Y aquí aparece ese personaje desagradable que suele arruinar las fiestas electorales: la calculadora.

El presidente no puede abrir un cajón del Despacho Oval, contar billetes y enviarlos por correo. Un desembolso federal semejante necesita legislación y apropiación de fondos por el Congreso. Tampoco quedó explicado con precisión de dónde saldría semejante montaña de dinero.

El vicepresidente JD Vance sugirió que podrían utilizarse ingresos procedentes de los aranceles y que quizá los estadounidenses de mayores ingresos quedaran fuera del beneficio. Es decir: pocas horas después del anuncio de 5.000 dólares para “cada adulto”, ya empezaban a aparecer los asteriscos.

Nada particularmente novedoso en política.

Lo novedoso es la extraordinaria desnudez del mecanismo.

Durante generaciones, los candidatos prometieron carreteras, hospitales, menos impuestos, mejores escuelas, seguridad, empleo, prosperidad y hasta felicidad. Todo ello tenía al menos el pudor de pasar previamente por alguna política pública.

Ahora hemos llegado a una fórmula mucho más eficiente:

Vote primero. Cobre después.

Trump podrá argumentar que se trata de devolver al ciudadano una parte de los recursos obtenidos por el Estado. Sus partidarios podrán sostener que un dividendo fiscal pertenece legítimamente a quienes financian el país. Y ambas cuestiones merecen discusión.

Pero entonces el dividendo debería poder defenderse por sus propios méritos económicos, independientemente de quién gane una elección.

Cuando el beneficio queda expresamente condicionado a que un partido determinado controle las dos cámaras del Congreso, deja de ser solamente una discusión fiscal. Se transforma también en una extraordinaria pieza de mercadotecnia electoral.

Y bastante cara.

Hay además una pequeña ironía histórica. Estados Unidos lleva décadas explicándole al mundo las virtudes de sus instituciones, la transparencia electoral y la madurez de su democracia. Ahora uno de sus presidentes propone a sus ciudadanos un incentivo de 5.000 dólares ligado a una victoria partidaria.

Quizá sea democracia.

Quizá sea populismo fiscal.

Quizá sea simplemente Donald Trump llevando hasta sus últimas consecuencias aquello que siempre entendió mejor que muchos políticos profesionales: todo tiene un precio y, si es posible, conviene ponerlo en números grandes.

Falta saber quién pagará la cuenta.

Porque los 5.000 dólares pueden llevar la firma de Trump en el anuncio.

Pero si alguna vez llegan los cheques, el dinero no saldrá de su bolsillo.

Saldrá, de una manera u otra, del bolsillo de los propios estadounidenses.

Y entonces la operación adquiere una elegancia casi perfecta:

el elector podría terminar financiando el dinero con el que intentaron seducir su voto.

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Fuentes consultadas: Reuters, Associated Press y prensa estadounidense.

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