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Tres mujeres y un movimiento

Hay fotografías que envejecen y documentos que, con los años, empiezan a revelar cosas que el propio autor acaso no imaginaba.

El 26 de julio de 1975, cuando se cumplían veintitrés años de la muerte de Eva Perón, el corresponsal de La Stampa en Buenos Aires, Livio Zanotti, publicó una crónica titulada “Argentina: entre dos mujeres, la historia de 30 años”. Las dos mujeres eran Evita e Isabelita. Y entre ambas corría un río.

El Riachuelo.

Zanotti recordaba aquel 17 de octubre de 1945 en el que la epopeya peronista retrató a los descamisados atravesándolo para llegar hasta Buenos Aires y reclamar la liberación de Juan Domingo Perón. En aquella narración, Eva Duarte estaba del lado de quienes avanzaban. Todavía no era la señora Perón, pero ya comenzaba a convertirse en Evita.

Treinta años después, escribía el corresponsal, el paisaje se había invertido.

El 27 de junio de 1975, durante el gobierno de Isabel Perón, la policía cerró los puentes sobre el Riachuelo y vigiló sus orillas para impedir que columnas de trabajadores en huelga provenientes de la zona Sur llegaran hasta Plaza de Mayo para reclamar aumentos salariales.

El río era el mismo.

El movimiento también llevaba el mismo nombre.

Pero en 1945 los trabajadores intentaban cruzar los puentes para defender a Perón; en 1975, el Estado gobernado por su viuda procuraba impedirles el paso.

Pocas imágenes explican mejor que esa contradicción cuánto puede cambiar un movimiento político mientras conserva sus símbolos.

Evita e Isabel habían llegado al mismo universo por caminos completamente diferentes. Eva participó de la construcción del poder peronista y terminó adquiriendo una autoridad popular propia, imposible de explicar únicamente por su matrimonio. Su muerte temprana hizo el resto: la mujer desapareció y comenzó el mito.

Isabel recibió, en cambio, una herencia que difícilmente podía heredarse. Recibió la Presidencia, pero no el carisma de Perón; el cargo, pero no aquella relación casi personal que el fundador había construido con una parte enorme de la sociedad argentina.

Aquí conviene detener las analogías.

Porque la Historia suele vengarse de quienes intentan acomodarla demasiado prolijamente.

Pasaron gobiernos militares, proscripciones, exilios, retornos, dictadura, democracia, hiperinflaciones, convertibilidad, crisis, recuperaciones y nuevas crisis. Y cuando parecía que el peronismo había agotado una de sus tantas vidas apareció otro apellido: Kirchner.

Primero Néstor.

Después Cristina.

Cristina Fernández de Kirchner tampoco fue Evita ni Isabel. A diferencia de ambas, llegó a la Presidencia mediante el voto popular y construyó durante dos mandatos una autoridad política propia. Después fue vicepresidenta. Y aun cuando dejó la Casa Rosada, siguió ocupando durante años un espacio alrededor del cual buena parte del peronismo se ordenaba, se enfrentaba o se definía.

También generó algo inseparable del poder cuando éste se prolonga: una formidable adhesión y un formidable rechazo.

Hoy cumple prisión domiciliaria, condenada en la causa Vialidad e inhabilitada para ejercer cargos públicos. Sus partidarios consideran que ha sido víctima de persecución política; la sentencia judicial estableció otra cosa. Esa controversia seguirá recorriendo tribunales, política e Historia.

Pero existe un hecho más difícil de discutir: privada de libertad y sin posibilidad actual de presentarse a una elección, Cristina continúa siendo una referencia alrededor de la cual el peronismo todavía debate su presente y, sobre todo, su sucesión.

Y aquí la vieja crónica de 1975 recupera inesperadamente su actualidad.

Evita contribuyó a construir un movimiento.

Isabel recibió la tarea imposible de conservarlo.

Cristina terminó conduciendo una de sus grandes transformaciones contemporáneas.

Tres mujeres. Tres épocas. Tres Argentinas.

Sería cómodo buscar entre ellas una línea sucesoria. No existe.

Lo que sí existe es un movimiento político extraordinariamente resistente que durante más de ochenta años perdió elecciones, fue prohibido, regresó al gobierno, se dividió, volvió a reunirse, cambió de doctrina, de dirigentes, de adversarios y hasta de lenguaje, mientras conservaba una palabra capaz todavía de despertar adhesiones y rechazos igualmente intensos: peronismo.

Quizá allí se encuentre su verdadero secreto.

No haber permanecido igual, sino haber conseguido seguir llamándose igual después de haber cambiado tantas veces.

Livio Zanotti cerraba aquella crónica de 1975 observando que la Argentina y el peronismo ya eran otros.

Medio siglo después podríamos escribir exactamente lo mismo.

Con una pequeña diferencia.

Los puentes sobre el Riachuelo siguen allí.

Y la Historia argentina, obstinada como siempre, continúa cruzándolos.

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