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El Centro Kennedy y el complejo napoleónico

Cuando la grandeza deja de mirar el mundo y comienza a contemplarse a sí misma
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Donald Trump fue fotografiado a bordo del Air Force One observando una lámina cuyo título no necesitaba traducción diplomática: “Kennedy Center DEMOLISHED”. No eran exactamente planos técnicos de demolición, como inicialmente se informó, sino una presentación gráfica. Pero cuando semejante cartel llega a manos del presidente de Estados Unidos, la diferencia entre una ocurrencia y una excavadora puede medirse en minutos.

El Centro John F. Kennedy para las Artes Escénicas no es un galpón abandonado ni un salón de fiestas que espera nuevo propietario. Es una institución creada por el Congreso, bautizada por ley en memoria de un presidente asesinado y convertida en uno de los grandes símbolos culturales de Washington.

El problema es que el edificio ya tiene nombre.

Y Donald Trump, hombre acostumbrado a ver el suyo grabado en torres, hoteles, casinos, campos de golf y hasta productos que la prudencia aconseja no enumerar, parece sufrir una particular incomodidad ante las paredes que todavía recuerdan a otra persona.

Un tribunal federal ya estableció que el nombre del Centro Kennedy no puede modificarse por decisión administrativa: para hacerlo sería necesaria la intervención del Congreso. Traducido al idioma del poder: la marquesina nacional no es una servilleta sobre la cual el presidente pueda escribir su apellido con marcador dorado.

Trump sostiene que el complejo está deteriorado, que necesita una reforma profunda y que su Administración ha conseguido dinero para salvarlo. La junta directiva —dominada por sus designados— aprobó un cierre de dos años para realizar obras por unos 257 millones de dólares. Puede que las reparaciones sean necesarias. Los techos no se sostienen con discursos, ni las estructuras obedecen encuestas.

Pero el mandatario fue bastante más lejos: sugirió que, si no recibe el reconocimiento que considera merecer, el edificio podría ser derribado. Así, la restauración dejó de parecer una política cultural y empezó a adquirir la delicadeza de una negociación inmobiliaria: o ponen mi nombre, o llamamos a la piqueta.

Napoleón se coronó a sí mismo para dejar claro que su grandeza no dependía del Papa. Trump no necesita corona: le alcanza una fachada, una placa y suficientes letras mayúsculas. Su complejo napoleónico no consiste solamente en mandar, sino en ocupar también la memoria, corregir el pasado y reservarse un lugar preferente en todos los edificios del porvenir.

Una jueza no gobierna con martillo de demolición, pero un juez federal acaba de ordenar que la Administración avise con al menos treinta días de anticipación antes de realizar cualquier cambio estructural importante. Es una precaución saludable: en Washington, al parecer, ya no basta con custodiar los monumentos contra el tiempo. También hay que protegerlos del entusiasmo presidencial.

El Centro Kennedy necesita mantenimiento, dinero y posiblemente una cirugía arquitectónica seria. Lo que no necesita es convertirse en rehén de una disputa por la inmortalidad tipográfica. La cultura pertenece a una nación; el mármol, al patrimonio público; y la memoria de Kennedy, con sus luces y sus sombras, a la historia.

Trump podrá remodelar el edificio. Podrá cerrar salas, reparar techos y cambiar alfombras. Lo que difícilmente podrá reparar es la impresión de que, detrás de cada plano, cada columna y cada cartel, busca siempre el mismo monumento.

Él mismo.

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Fuentes consultadas: Reuters, Associated Press

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