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La soledad del hombre fuerte

Donald Trump aprendió algunas cosas de su primera presidencia. Una de ellas fue que gobernar rodeado de generales, tecnócratas, funcionarios con criterio propio y colaboradores dispuestos a presentar la renuncia podía producir titulares incómodos, memorias todavía peores y alguna que otra puerta cerrada con más entusiasmo del recomendable.

Para el segundo mandato eligió otra arquitectura.

Menos voces. Más confianza. Más lealtad.

La fórmula tiene una ventaja evidente: disminuye el ruido alrededor del presidente. También contiene una pequeña trampa que cualquier administrador de consorcio podría explicar sin necesidad de haber estudiado en Harvard: cuando son pocos, cada uno que se va representa mucho más.

Según las cifras recopiladas por Partnership for Public Service citadas en los informes conocidos este 31 de agosto, 27 funcionarios cuyos nombramientos necesitaban confirmación del Senado abandonaron la administración desde enero de 2025. La rotación alcanzaría así al 11,4% en apenas 18 meses, aproximadamente el doble de la registrada durante el período equivalente de su primera presidencia.

El número merece atención, pero no dramatismo de opereta. Las administraciones norteamericanas suelen perder funcionarios cuando se acercan las elecciones de mitad de mandato. Algunos parten hacia el sector privado, otros consideran cumplida su misión y unos cuantos poseen ese extraordinario sexto sentido de Washington que permite descubrir, justo a tiempo, que desean pasar más horas con la familia.

El problema no es solamente cuántos se marchan.

Es quién queda para hacer el trabajo.

Una presidencia puede permitirse cierta rotación cuando debajo existe una estructura robusta. Resulta más delicado cuando el poder se ha concentrado deliberadamente alrededor de un grupo reducido y cuando determinadas oficinas encargadas de seleccionar, coordinar y administrar personal funcionan, ellas mismas, con plantillas disminuidas.

Allí aparece la paradoja trumpiana.

El presidente buscó evitar las turbulencias de su primer mandato seleccionando colaboradores más próximos, más disciplinados y políticamente más confiables. Era perfectamente lógico desde su punto de vista. Pero al reducir la diversidad y el tamaño del círculo decisorio convirtió a cada integrante en una pieza más difícil de reemplazar.

Un gobierno puede funcionar con menos gente.

Lo complicado es funcionar con menos gente y perderla rápidamente.

La cuestión adquiere además importancia política porque Estados Unidos se aproxima a las elecciones de mitad de mandato. Si los republicanos perdieran una de las cámaras del Congreso, la Casa Blanca necesitaría precisamente aquello que ahora parece escasear: negociadores experimentados, operadores legislativos, funcionarios capaces de atravesar la frontera partidaria y personas que conozcan los pasillos donde una presidencia descubre que una orden ejecutiva no siempre sustituye una mayoría parlamentaria.

James Braid, responsable de asuntos legislativos y con salida anunciada para septiembre, representa bien el problema. No se reemplaza un operador político colocando simplemente otro nombre sobre la puerta. Las relaciones con el Congreso no se descargan mediante una aplicación ni vienen incluidas en el mobiliario del despacho.

Y sobre todo está Susie Wiles.

La jefa de gabinete se ha convertido en una pieza central del sistema: controla accesos, arbitra disputas y ayuda a ordenar una administración construida alrededor de la voluntad presidencial. Cuanto más reducido sea el círculo que la rodea, mayor será inevitablemente el peso depositado sobre quienes permanecen.

Trump siempre ha cultivado la imagen del hombre que decide.

Es parte de su atractivo político y también de su método de gobierno. Sus partidarios ven allí determinación; sus adversarios, concentración de poder. Ambas lecturas pueden discutir durante años.

Pero hasta el hombre más decidido necesita alguien que atienda el teléfono.

La verdadera pregunta, por lo tanto, no es si existe una estampida en Washington. Probablemente sea demasiado pronto —y demasiado cómodo— afirmarlo.

La pregunta interesante es cuánto puede estrecharse un círculo de poder antes de dejar de ser un círculo y convertirse en una línea que conduce únicamente hacia el escritorio presidencial.

Porque la lealtad puede mantener unido un gobierno.

Pero todavía no se ha inventado una administración pública que funcione solamente con ella.

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