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Menos se hace… y menos se quiere hacer

Hay una frase que suele pronunciarse casi como una broma: menos se hace, menos se quiere hacer.

Pero quizá encierre una verdad bastante más seria.

El trabajo —entendido no solamente como empleo, obligación o salario, sino como la voluntad de hacer— posee una curiosa mecánica. Cuanto más lo ejercitamos, más naturalmente forma parte de nuestra vida. Cuando dejamos de hacerlo, en cambio, la voluntad comienza a oxidarse con una delicadeza casi imperceptible.

Nunca ocurre de repente.

Primero decimos: mañana.

Después: cuando tenga un poco más de tiempo.

Más tarde: cuando las circunstancias sean mejores.

Y finalmente llega ese día extraño en el cual descubrimos que tiempo tuvimos. Lo que ya no tenemos es el mismo entusiasmo, la misma fuerza o, sencillamente, los mismos años.

Ahí reside una de las trampas más elegantes de la existencia.

El tiempo parece inmóvil.

Miramos por la ventana y la calle continúa allí. La mesa sigue en su sitio. Los libros esperan. Las herramientas permanecen donde las dejamos. El proyecto que imaginamos comenzar algún día continúa perfectamente posible… al menos en apariencia.

Y esa quietud nos engaña.

Porque mientras las cosas parecen permanecer, nosotros estamos cambiando.

Un día sucede algo todavía más peligroso: nos acostumbramos a postergar. Y la postergación, repetida muchas veces, deja de ser una circunstancia para convertirse en una manera de vivir.

Entonces ya no esperamos el momento oportuno.

Esperamos tener ganas.

Y las ganas, cuando durante demasiado tiempo no han sido ejercitadas, también aprenden a dormir.

Trabajar tiene además una dignidad que frecuentemente olvidamos. No importa demasiado si consiste en levantar una pared, escribir una página, reparar una bicicleta, cultivar tomates, ordenar fotografías, estudiar una lengua o comenzar aquella pequeña obra que desde hace años habita en algún cajón.

Hacer es una manera de permanecer vivo.

Porque el verdadero contrario del trabajo quizá no sea el descanso.

El descanso es necesario, humano y hasta sabio.

El verdadero contrario es la renuncia silenciosa a comenzar.

Esa voz interior que dice: todavía hay tiempo.

Claro que hay tiempo.

Hasta que deja de haberlo.

La juventud suele imaginar el futuro como una avenida interminable. La madurez comienza a descubrir algunas curvas. Y los años enseñan finalmente que aquella avenida tenía una extensión determinada, aunque nadie nos hubiera colocado un cartel indicando los kilómetros restantes.

No es una invitación a vivir con angustia.

Todo lo contrario.

Es una invitación a no desperdiciar serenamente aquello que todavía podemos hacer.

Porque quizá uno de los mayores privilegios humanos sea despertarse por la mañana y tener algo pendiente que todavía depende de nuestras manos.

Una carta.

Una fotografía.

Un árbol.

Una página.

Una llamada.

Un proyecto.

Un trabajo.

No importa demasiado cuál.

Importa que todavía podamos decir:

Hoy comienzo.

Mañana será un excelente día para continuar.

Pero para comenzar, probablemente, el mejor día siga siendo hoy.

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