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Quien bien te quiere… te hará llorar



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Hay refranes que envejecen como el vino. Otros, como el vinagre. Y después está aquel formidable monumento a la pedagogía sentimental que asegura: «Quien bien te quiere, te hará llorar».

La frase tiene siglos de ventaja sobre nosotros y, además, una extraordinaria coartada: cualquier desgracia provocada con buenas intenciones puede presentarse como una demostración de cariño.

—Te lo digo porque te quiero.

Conviene ponerse inmediatamente a cubierto.

Después de semejante introducción puede llegar cualquier cosa: que hemos engordado, que estamos envejeciendo, que nuestro artículo es demasiado largo, que el automóvil hace un ruido sospechoso, que deberíamos gastar menos, que ese sombrero nos queda espantoso o —la puñalada verdaderamente mortal— que antes escribíamos mejor.

Y uno debe agradecer.

Porque nos quieren.

El amigo auténtico, según parece, posee una obligación moral que el enemigo desconoce: arruinarnos delicadamente la tarde.

El enemigo, en cambio, tiene algunas ventajas. Sabemos dónde está parado. Si dice que somos idiotas, la relación permanece perfectamente ordenada. Pero cuando nuestro mejor amigo se acomoda las gafas, suspira y comienza diciendo «mirá, te voy a hablar con sinceridad…», uno empieza a preguntarse si todavía quedan vuelos disponibles para Madagascar.

La humanidad ha construido buena parte de sus relaciones sobre esa curiosa contradicción. Queremos personas sinceras alrededor nuestro, siempre que tengan la delicadeza de coincidir con nosotros.

Pedimos:

—Decime la verdad.

Pero interiormente agregamos:

Con muchísimo cuidado y, si fuera posible, otra verdad.

Porque la verdad tiene un defecto de fabricación: carece de tapizado.

Naturalmente, también existe una industria clandestina de la sinceridad. Son aquellos individuos que disfrutan repartiendo cachetazos verbales y después colocan sobre el cadáver una pequeña tarjeta:

«Lo hice por tu bien».

No, querido amigo.

Eso no vale.

Querer bien no concede licencia para manejar una excavadora sobre los sentimientos ajenos. La sinceridad sin ternura puede convertirse simplemente en crueldad con buenos modales. Y quien disfruta haciendo llorar probablemente haya comprendido el refrán exactamente al revés.

El verdadero sentido quizá sea bastante más hermoso.

Quien bien te quiere arriesgará que te enojes con él antes que dejarte caminar alegremente hacia un precipicio.

Te dirá que llevás la bragueta abierta antes de entrar al salón.

Te avisará que ese negocio maravilloso huele a estafa.

Te preguntará si realmente necesitás comprar otra cosa que dentro de seis meses terminará viviendo en un cajón.

Y, cuando todos celebren una idea tuya porque resulta más cómodo aplaudir que discutir, quizá sea el único que permanezca sentado y diga:

—No. Pensalo otra vez.

En ese instante probablemente querremos estrangularlo.

Con cariño, naturalmente.

Después pasan los años y ocurre algo todavía peor: descubrimos que tenía razón.

Entonces comprendemos que algunos de los mejores afectos de nuestra vida no fueron aquellos que nos evitaron todas las lágrimas, sino quienes jamás utilizaron nuestro cariño como excusa para mentirnos.

Por eso convendría modernizar ligeramente el viejo refrán.

Quien bien te quiere, alguna vez te hará llorar.
Quien siempre te hace llorar, que no venga a decir que es por cariño.

La diferencia parece pequeña.

Pero separa a un amigo de un verdugo.

Y si después de leer esto algún amigo se acerca, nos pone una mano sobre el hombro y comienza:

—Te lo digo porque te quiero…

No discutamos.

Sirvamos dos copas.

Una para escuchar la verdad.

Y la otra para sobrevivirla.

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