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Cuando la amistad personal empieza a dictar la estrategia

Donald Trump nunca ha tenido demasiada paciencia con la diplomacia convencional. Los protocolos le aburren, las alianzas le parecen caras y los comunicados redactados por veinte funcionarios probablemente le produzcan urticaria. Prefiere otra cosa: sentarse frente al adversario, mirarlo a los ojos y convencerse de que una buena relación personal puede resolver aquello que durante décadas no consiguieron solucionar ejércitos, cancillerías y tratados.

Con Kim Jong-un esa convicción alcanza niveles particularmente llamativos.

Trump asegura que Corea del Norte se ha mostrado “pacífica y respetuosa” desde su regreso a la Casa Blanca y, en nombre de su “excelente relación” con el líder norcoreano, ha ordenado reducir sustancialmente los ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur.

La pregunta incómoda es bastante sencilla: ¿pacífica y respetuosa con quién?

Porque mientras Washington contempla las sonrisas de antiguas fotografías, Pyongyang continúa desarrollando capacidades militares, dispara misiles, mantiene uno de los regímenes más herméticos del planeta y estrecha cada vez más sus vínculos estratégicos con Moscú. La amistad personal entre dos presidentes puede mejorar el clima de una negociación. Difícilmente pueda utilizarse como certificado internacional de buena conducta.

Trump tiene, sin embargo, un argumento que no debería descartarse simplemente porque provenga de Trump. Los grandes ejercicios militares cuestan fortunas, consumen municiones y pueden aumentar innecesariamente la tensión. En determinadas circunstancias, reducirlos puede convertirse incluso en una herramienta diplomática inteligente.

Pero una concesión estratégica solamente adquiere verdadero valor cuando obtiene algo concreto a cambio.

Y allí aparece la mostaza.

Si Estados Unidos reduce maniobras militares porque Corea del Norte limita verificablemente su programa nuclear, disminuye determinadas capacidades ofensivas o acepta mecanismos serios de inspección, existe una negociación. Si las reduce porque el presidente norteamericano considera que Kim es respetuoso con él, entonces ya no hablamos exactamente de negociación.

Hablamos de confianza.

Y la confianza es una moneda encantadora para pagar una cena. Resulta bastante menos recomendable para financiar la seguridad de una península donde permanecen desplegados alrededor de 28.500 soldados estadounidenses.

Además existe otro protagonista que convendría no olvidar: Corea del Sur.

Las maniobras militares no son solamente una demostración estadounidense destinada a impresionar a Pyongyang. Constituyen parte del sistema de defensa de un aliado que vive desde hace décadas frente a un Estado nuclearizado, separado por una de las fronteras más militarizadas del mundo.

Washington tiene derecho a revisar sus gastos, sus despliegues y hasta su estrategia asiática. Pero una alianza deja de ser verdaderamente alianza cuando uno de los socios descubre las modificaciones fundamentales leyendo las declaraciones del otro.

Existe además una paradoja difícil de disimular. Mientras Trump exige reiteradamente que los aliados de Estados Unidos asuman mayores responsabilidades por su propia defensa, reducir ejercicios conjuntos disminuye precisamente la preparación militar de uno de esos aliados. Se pide autonomía mientras se modifica unilateralmente el mecanismo utilizado para garantizarla.

Todo esto ocurre mientras Corea del Norte profundiza su relación con Rusia. Pyongyang ya no es solamente el solitario reino nuclear que busca sobrevivir negociando alternativamente amenazas y concesiones. Su cooperación con Moscú le proporciona una dimensión internacional distinta y convierte cualquier movimiento estadounidense en una pieza de un tablero bastante más grande.

Por eso Trump podría incluso acertar intentando nuevamente abrir una puerta hacia Kim Jong-un.

Las tres cumbres de su primer mandato demostraron algo que sus críticos deberían reconocer: consiguió establecer un contacto político que durante años había parecido imposible. Pero también demostraron otra cosa bastante menos cómoda: una fotografía histórica no equivale a un acuerdo histórico.

El programa nuclear norcoreano sobrevivió perfectamente a los apretones de manos.

La diplomacia personal puede abrir puertas. El problema aparece cuando el presidente comienza a confundir la puerta abierta con haber llegado a destino.

Trump parece convencido de que Kim Jong-un lo respeta. Quizás sea cierto.

Pero las grandes potencias no construyen su seguridad preguntándose quién sonríe en una fotografía. La construyen verificando arsenales, compromisos, movimientos militares, alianzas y resultados.

Porque entre dos dirigentes puede existir química.

Entre dos Estados solamente existen intereses.

Y cuando se olvida esa pequeña diferencia, la factura suele llegar bastante después de que hayan terminado las sonrisas.

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