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Hormuz: Marco Polo ya había pasado por allí

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Hay lugares que nacen con una condena geográfica: estar exactamente donde todo el mundo necesita pasar.

Hormuz es uno de ellos.

Mucho antes de que aparecieran los petroleros, los portaaviones, los radares, las sanciones económicas y las declaraciones solemnes de cancillería, un joven veneciano llamado Marco Polo pasó por aquellas tierras. Lo hizo, según los relatos de sus viajes, hacia 1272 y regresó años después.

Y encontró tráfico.

No precisamente embotellamientos.

Encontró mercaderes llegados de la India con especias, piedras preciosas, perlas, tejidos de oro, marfil y toda clase de mercancías que después continuaban viaje hacia otros rincones del mundo.

Es decir: Hormuz ya funcionaba como una bisagra comercial cuando nadie había perforado todavía un pozo de petróleo y Wall Street era apenas una futura calle al otro lado de un océano poco frecuentado.

Marco Polo la llamó Cormosa y quedó impresionado por su puerto y por la intensidad del comercio. Aquella ciudad no era un confín perdido: era un punto de encuentro entre rutas marítimas y terrestres, una caja registradora colocada estratégicamente entre mundos.

El veneciano también prestó atención a detalles menos financieros.

Contó que allí se bebía vino de dátiles, una bebida excelente aunque, según advertía con notable franqueza, podía producir consecuencias intestinales bastante convincentes a quien no estuviera acostumbrado.

Setecientos años después, probablemente siga siendo prudente comenzar con una copa pequeña.

También describió una alimentación adaptada al clima: pescado salado, dátiles, cebollas y productos capaces de sobrevivir donde el calor convertía cualquier pretensión gastronómica europea en un acto de temeridad.

Pero fueron los barcos los que particularmente llamaron su atención.

Según su relato, algunas embarcaciones no estaban construidas con tablas sujetas mediante clavos de hierro. Las piezas eran cosidas utilizando fibras obtenidas del coco.

Cosidas.

Conviene detenerse un instante ante la palabra.

Hoy cruzan aquellas aguas gigantescos petroleros de cientos de metros, cargados con millones de barriles y acompañados por sistemas electrónicos capaces de localizar un objeto a kilómetros de distancia.

Marco Polo vio barcos unidos con hilo vegetal.

Y, sin embargo, navegaban por el mismo lugar.

Ahí comienza la verdadera historia de Hormuz.

No es solamente una ciudad iraní ni una isla de apariencia mineral recostada frente a una costa abrasada por el sol. Es uno de esos accidentes de la geografía que terminan adquiriendo categoría política.

Los hombres cambian. Los imperios cambian. Las mercancías cambian.

El estrecho permanece.

Por allí circularon especias cuando las especias podían valer fortunas. Después pasaron sedas, perlas, metales y productos procedentes de Asia. Hoy atraviesan esas aguas enormes cantidades de petróleo, gas y mercancías esenciales para economías situadas a miles de kilómetros.

Cambió el contenido de las bodegas.

No cambió demasiado la importancia del camino.

Marco Polo dejó además una descripción extraordinaria del calor. Habló de vientos tan ardientes que los habitantes debían refugiarse en el agua para soportarlos. Incluso narró la historia de un ejército sorprendido por aquella calidez extrema, con consecuencias tan espantosas que su relato parece por momentos abandonar el libro de viajes para ingresar en una crónica fantástica.

Tal vez exageró. Tal vez repitió historias que escuchó durante su estancia. Los viajeros medievales no llevaban detrás un departamento de fact-checking.

Pero comprendió perfectamente lo esencial.

Hormuz era importante porque todos debían pasar cerca de Hormuz.

Ese detalle continúa vigente más de siete siglos después.

Hoy basta escuchar la palabra en un despacho gubernamental para que alguien mire inmediatamente las cotizaciones internacionales del petróleo. Una amenaza sobre la navegación puede recorrer en segundos mercados financieros situados en Londres, Nueva York, Singapur o Tokio.

Marco Polo necesitaba meses para llevar una noticia desde aquellas costas hasta Europa.

Hoy Hormuz puede hacer subir un precio antes de que termine una conferencia de prensa.

Es el progreso.

O algo parecido.

Hay además una ironía histórica difícil de resistir.

Durante siglos las grandes potencias buscaron dominar rutas comerciales para controlar las riquezas que circulaban por ellas. Por el dominio de aquellas aguas se sucedieron portugueses, persas, árabes, británicos y otras potencias regionales. Cambiaron las banderas y los imperios; la importancia del paso permaneció intacta.

Nosotros, naturalmente, somos mucho más modernos.

Ahora hacemos exactamente lo mismo, pero utilizando satélites.

Hormuz recuerda una verdad elemental que la tecnología suele hacernos olvidar: la geografía no necesita actualizar su software.

Un estrecho continúa siendo estrecho.

Una montaña continúa obligando a rodearla.

Un puerto bien situado continúa atrayendo comercio.

Y un corredor marítimo que comunica una de las regiones energéticas más importantes del planeta con el océano seguirá siendo estratégico aunque cambiemos cien veces el nombre de las doctrinas militares.

Por eso resulta fascinante volver a Marco Polo.

No porque aquel veneciano pudiera imaginar petroleros, misiles o mercados electrónicos. Naturalmente, no podía.

Pero reconocería inmediatamente la escena.

Vería barcos cargados de riquezas procedentes de Oriente. Vería comerciantes preocupados por llegar a destino. Vería gobernantes intentando controlar el paso. Vería marineros observando con respeto aquellas aguas.

Quizás preguntaría dónde están las especias.

Habría que explicarle que ahora transportamos petróleo.

Probablemente levantaría una ceja.

Después miraría hacia el estrecho y comprendería enseguida.

Setecientos años de historia, y seguimos haciendo cola por el mismo camino.

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