
Hay momentos en que la política argentina parece necesitar menos economistas y más fotógrafos. Basta cambiar el ángulo para que la imagen sea otra.
Javier Milei observa el país desde un objetivo: pobreza en descenso respecto del punto de partida, crecimiento, consumo en máximos históricos, una economía que —según sostiene— dejó atrás el precipicio y comienza a mostrar los frutos del ajuste. Desde esa fotografía, la conclusión presidencial resulta casi inevitable: si los argentinos desean continuar por el camino del crecimiento, la libertad y el bienestar, deberán renovar el contrato electoral en 2027.
Hasta aquí, la cara.
La seca aparece cuando la cámara gira hacia la calle y, curiosamente, también hacia algunos despachos empresarios que durante bastante tiempo aplaudieron la medicina económica administrada por el Gobierno.
Porque algo está cambiando.
No necesariamente se ha producido una rebelión del llamado Círculo Rojo. Sería exagerado anunciar semejante divorcio. Buena parte del empresariado continúa considerando preferible el rumbo económico actual frente a las alternativas que imagina en la oposición. Pero ha comenzado a formular una pregunta bastante menos confortable: ¿puede sobrevivir políticamente un programa económico si quienes deben sostenerlo con sus votos sienten que no pueden sostener sus propias cuentas?
Ahí empieza el verdadero problema.
El Presidente responde que los datos contradicen el relato del empobrecimiento generalizado. Quienes señalan dificultades crecientes en los hogares responden que los promedios macroeconómicos no pagan la tarjeta, el alquiler ni las cuotas atrasadas. Y entre ambos argumentos aparece esa vieja especialidad argentina: dos realidades estadísticamente defendibles que, puestas una frente a otra, parecen pertenecer a países diferentes.
Que el consumo agregado pueda crecer no significa necesariamente que todos consuman más. Que determinados indicadores macroeconómicos mejoren tampoco significa que esa mejoría haya llegado simultáneamente al bolsillo de cada familia. Del mismo modo, que numerosos hogares atraviesen dificultades no invalida automáticamente una recuperación de ciertas variables generales.
El problema político comienza cuando el dato y la experiencia cotidiana dejan de reconocerse mutuamente.
Milei tiene razón en algo que sus adversarios suelen olvidar: recibió una economía profundamente deteriorada y ningún gobierno puede reconstruir en pocos años lo que fue destruido durante décadas. Pero ese argumento posee fecha de vencimiento. Cuanto más tiempo transcurre, menos alcanza explicar el presente enumerando los pecados de Cristina Kirchner, Alberto Fernández o cualquier otro habitante del museo de los responsables anteriores.
Gobernar también significa heredar incendios. Y después apagarlos.
Lo particularmente interesante es que las primeras señales de alarma ya no proceden exclusivamente de sindicatos, opositores o sectores sociales afectados por el ajuste. Comienzan a escucharse dentro del universo empresario. Allí no parece haber nacido repentinamente una sensibilidad franciscana. Existe algo bastante más terrenal: miedo.
Miedo a que una microeconomía demasiado castigada termine destruyendo la sustentabilidad política de una macroeconomía que consideran conveniente.
La paradoja merece una sonrisa, aunque algo amarga.
Durante años una parte importante del establishment reclamó equilibrio fiscal, reducción del Estado, apertura económica, disciplina monetaria y reformas estructurales. Ahora que buena parte de esa receta se aplica con una intensidad pocas veces vista, algunos de sus antiguos entusiastas descubren que el paciente también necesita pulso.
No están necesariamente pidiendo abandonar el tratamiento.
Están preguntando si llegará vivo a la próxima consulta.
Y ése es posiblemente el dato político más importante detrás de las dos versiones de Argentina que circulan estos días. Milei ya piensa en 2027 y presenta la próxima elección como una disputa entre futuro y pasado, progreso y decadencia. Sus adversarios intentarán naturalmente demostrar lo contrario. Pero quizá la batalla electoral no se resuelva mediante semejantes conceptos monumentales.
Puede resolverse en algo mucho más pequeño.
Una heladera.
Una cuota.
Una tarjeta.
Un salario.
Una persiana comercial que sube cada mañana preguntándose si habrá clientes.
También conviene mirar con prudencia la súbita inquietud de algunos grandes empresarios. Cuando quienes reclamaron cirugía empiezan a preocuparse por el dolor del paciente, resulta legítimo preguntarse si los conmueve el sufrimiento o la posibilidad de que el enfermo cambie de médico.
Porque el poder económico conoce perfectamente el péndulo argentino.
Y sabe que una sociedad puede tolerar sacrificios durante bastante tiempo cuando percibe un horizonte. Lo que difícilmente acepta indefinidamente es el sacrificio convertido en paisaje.
Por eso la discusión sobre la reelección de Milei probablemente no dependerá de determinar quién ganó la batalla de las estadísticas. Tampoco de decidir cuál de estas dos Argentinas es completamente verdadera.
Probablemente ambas contengan una parte de la fotografía.
Puede existir una macroeconomía más ordenada y, simultáneamente, familias exhaustas.
Puede disminuir la pobreza respecto de un punto de partida calamitoso y continuar existiendo millones de pobres.
Puede crecer el PIB mientras determinados sectores productivos retroceden.
Y puede un gobierno estar convencido de haber encontrado el camino correcto mientras algunos de quienes lo alentaron comienzan a preguntar cuánto falta para llegar.
Ésa es la cara y seca de la Argentina actual.
De un lado, un Presidente que mira los números y anuncia que el país avanza.
Del otro, ciudadanos y empresarios que miran sus propias cuentas y preguntan hacia dónde.
Quizá ninguno posea todavía toda la respuesta.
Pero hay una vieja regla que la política suele aprender demasiado tarde: las elecciones no las ganan los indicadores económicos. Las ganan —o las pierden— las personas que deben vivir dentro de ellos.
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👏 Comentario
Buen artículo. Hay sectores de la economía que se han activado (minería, energía y agricultura); el resto (industria, comercio, servicios) están peor o igual que antes de la asunción del actual gobierno.Sucede que esos sectores dinámicos son capital intensivos con baja necesidad de mano de obra; en cambio, los sectores menos dinámicos son los que tradicionalmente ocupan el grueso del trabajo. La economía general (PBI, exportaciones) registra crecimiento pero solo una minoría de la fuerza de trabajo participa de el.
Cunde el empleo de baja calidad y el desempleo y a ello se le suma una importante reducción en la inversión estatal en servicios básicos (sanidad, educación, jubilaciones, infraestructura); la consecuencia es una fuerte caida en el bienestar general. Ese deterioro se verá reflejado en los resultados electorales, entre otras consecuencias. Ningún slogan o campaña política podrá modificar esa situación.
