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The Prophet

Argentina
Mauricio Macri volvió a hablar de Javier Milei y dejó una frase que cayó como piedra en agua quieta: “Él se ve como un profeta”. Detrás de la ironía elegante, el exmandatario dejó expuesta una vieja preocupación argentina: cuando la política deja de administrar y empieza a predicar.

La política argentina tiene una extraña fascinación por los iluminados. Cada tanto aparece alguno convencido de haber sido enviado a corregir los pecados nacionales, destruir herejías económicas y conducir al pueblo hacia una tierra prometida donde la inflación desaparece, el dólar duerme tranquilo y los impuestos se evaporan por obra divina. Javier Milei parece haber abrazado ese papel con entusiasmo místico.

Mauricio Macri, que conoce bastante bien los mecanismos del poder y también los riesgos del exceso de autoestima presidencial, decidió ponerle palabras al fenómeno. Lo hizo con una frase precisa: “Él se ve como un profeta”. No habló de dictador, ni de loco, ni siquiera de populista. Eligió algo más sofisticado y, justamente por eso, más incómodo.

Porque el problema de los profetas no es solamente que hablen mucho. El problema es que dejan de escuchar.

Macri deslizó la crítica durante un foro de expresidentes, rodeado de dirigentes acostumbrados a lidiar con democracias imperfectas y egos monumentales. Allí describió el liderazgo de Milei como “emocional”, una palabra que en política suele funcionar como sinónimo elegante de imprevisible. Traducido al castellano criollo: gobierna más con impulsos que con amortiguadores.

La observación no cayó en el vacío. En el fondo, el expresidente apuntó a una sensación que empieza a recorrer incluso sectores que apoyaron al oficialismo: la diferencia entre predicar un modelo y administrarlo. Milei puede citar a Hayek de memoria, recitar teorías monetarias como un pastor televisivo y prometer el paraíso libertario con ojos encendidos. El problema aparece cuando la realidad exige albañiles y no evangelistas.

Ahí es donde Macri clavó el cuchillo con suavidad británica: “mucho estudio de las ideas”, pero “poco entusiasmo por la implementación”. Una frase que sonó casi académica, aunque en verdad escondía un misil político. Gobernar no consiste solamente en destruir el viejo edificio; también implica evitar que el techo caiga sobre la gente mientras se lo remodela.

El trasfondo del mensaje es todavía más interesante. El PRO continúa sosteniendo al Gobierno en el Congreso, ayudándolo a aprobar leyes, blindar vetos y acompañar recortes. Pero al mismo tiempo Macri parece decidido a dejar claro que el experimento libertario no le pertenece del todo. Como quien empieza a despegar lentamente la mano del enchufe antes de que salten las chispas.

También hubo una pequeña joya política cuando habló de la importancia de rodearse de personas capaces de decir “no”. En Argentina, donde muchos presidentes terminan hablando únicamente con aduladores, secretarios temerosos y militantes profesionales del aplauso, la frase sonó casi revolucionaria. El problema de los liderazgos mesiánicos es que suelen considerar la contradicción como traición.

Macri incluso recordó que una vez quiso lanzarse antes de tiempo y que su entorno se lo impidió. Admitió haberse enfurecido, insultado y protestado, aunque después reconoció que tenían razón. La anécdota pareció menos un recuerdo personal que una indirecta cuidadosamente envuelta para la Casa Rosada.

Mientras tanto, Milei continúa cultivando una estética cada vez más cercana a la del líder providencial. Ya no alcanza con ser presidente: hace falta encarnar una cruzada. Los economistas son “héroes”, los críticos “enemigos”, las dudas “operaciones”, y cada ajuste aparece presentado como una batalla épica contra fuerzas oscuras que conspiran desde algún rincón del planeta.

La Argentina conoce demasiado bien esa película. Líderes que prometen refundaciones definitivas, seguidores convertidos en creyentes y gobiernos que terminan confundiendo fe con gestión. Tal vez por eso la frase de Macri hizo tanto ruido. Porque debajo del sarcasmo elegante quedó flotando una pregunta bastante seria: cuando un presidente empieza a verse como profeta… ¿quién queda autorizado para decirle que está equivocado?

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