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El idioma también viaja: una lección para nacionalistas apurados

Hay debates que se encienden rápido y se apagan mal. Últimamente, algunos sectores del nacionalismo argentino han incorporado al vocabulario cotidiano términos como “Shari’a”, no siempre con precisión, pero sí con intención. Más que una discusión religiosa, lo que aparece en el fondo es otra cosa: la idea de una pureza cultural que, en realidad, nunca existió.

La palabra “shari’a”, desde un punto de vista lingüístico, significa simplemente “camino” o “sendero trazado”. En literatura y filología, puede leerse como una metáfora del conocimiento: aquello que guía, ordena y da forma a las ideas. No hace falta entrar en religión para entenderlo. Basta con pensar en cómo nacen y viajan las palabras.

Y ahí aparece el dato incómodo: el castellano no es un idioma puro. Nunca lo fue.

Durante siglos, la península ibérica fue un territorio de contacto. No de aislamiento. Bajo dominio musulmán —y aún después— el árabe dejó una huella profunda en la lengua. No como imposición religiosa, sino como intercambio cotidiano: comercio, ciencia, administración, vida doméstica.

El resultado está a la vista, aunque muchos no lo adviertan.


Decimos almohada, y estamos hablando en árabe sin saberlo.
Nombramos una alhaja, y repetimos una raíz que significaba “cosa valiosa”.
Guardamos cosas en la alacena, palabra nacida de la idea de “tesorería”.
Usamos un alambique, heredero de una cadena lingüística que pasa por el árabe… y antes por el griego.

Y podríamos seguir: azúcar, aceite, ojalá, álgebra, aduana, alcalde.

Ninguna de estas palabras convirtió a los Reyes Católicos en musulmanes. Tampoco cambió la religión de quienes las usaron durante siglos. Lo que sí demuestra es algo más simple —y más incómodo para ciertos discursos—: las lenguas no respetan fronteras ideológicas.

Las palabras viajan mejor que los ejércitos.

Incluso términos que hoy suenan ásperos, como asesino, tienen un origen que remite a historias lejanas, reinterpretadas, deformadas y finalmente incorporadas al uso común. La lengua no juzga: absorbe, adapta y continúa.

Por eso, cuando se invoca una supuesta defensa de lo “propio” frente a lo “ajeno”, conviene hacer una pausa breve —no ideológica, sino cultural— y mirar el idioma que usamos todos los días. Ese castellano que se pretende custodiar como una fortaleza… en realidad es una ciudad abierta.

Una ciudad construida por capas.

El verdadero patrimonio no está en cerrar puertas, sino en entender de dónde vienen las palabras que pronunciamos sin pensar. Porque en cada una de ellas hay historia, mezcla, comercio, convivencia y, sobre todo, tiempo.

Y el tiempo, … no entiende de purezas.

🖋️ Desde este rincón de palabras que también tienen historia,
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