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La protesta que terminó contra los libros

«La protesta, entre el derecho a manifestarse y el deber de respetar los derechos ajenos».
Crédito: Ilustración conceptual elaborada con inteligencia artificial a partir de una referencia fotográfica. No constituye un registro documental de los acontecimientos.

Turín volvió a conocer una de esas jornadas en las que una protesta legítima termina convertida en un problema para toda la ciudad. Lo que comenzó como una manifestación contra el aumento de los combustibles, las facturas y el costo de vida derivó en enfrentamientos con las fuerzas del orden, lanzamiento de piedras y botellas, utilización de gases lacrimógenos y destrozos en una librería. Los salarios insuficientes habían convocado a los manifestantes. La violencia terminó por ocupar los titulares.

Conviene comenzar por lo esencial: protestar contra el encarecimiento de la vida no constituye un delito ni una extravagancia. Cuando los ingresos no alcanzan para afrontar los gastos ordinarios, los ciudadanos tienen motivos para expresar públicamente su descontento. La libertad de manifestación existe precisamente para que las autoridades escuchen también aquello que preferirían no escuchar. Pero entre levantar una pancarta y arrojar una piedra existe una diferencia que no necesita interpretación jurídica ni doctorado universitario.

Según la crónica de los acontecimientos, el recorrido previsto debía concluir en Piazza Castello. Sin embargo, algunos grupos juveniles alteraron el desarrollo de la marcha, atravesaron sectores del centro y llegaron hasta las inmediaciones de la estación ferroviaria de Porta Nuova. Allí se produjeron enfrentamientos con los agentes desplegados para proteger los accesos. La policía respondió con gases lacrimógenos y los ingresos a la estación terminaron cerrados. El resultado fue una ciudad sometida a tensiones que excedieron ampliamente el motivo original de la convocatoria.

Pero el episodio más desconcertante ocurrió dentro de la librería Feltrinelli. Un grupo de jóvenes irrumpió en el establecimiento y arrojó libros e instalaciones al suelo. Resulta difícil encontrar una relación razonable entre el precio de la electricidad y el ataque a una librería. Los libros no fijan las tarifas energéticas, los empleados no deciden los salarios nacionales y los lectores que frecuentan esos establecimientos tampoco son responsables de la inflación. Si alguien pretendía formular una denuncia económica mediante semejante procedimiento, eligió un argumento particularmente pobre.

También se informó de una agresión denunciada por Marco Liccione, uno de los promotores de la manifestación, quien afirmó haber sido golpeado después de que algunos participantes reconocieran su pertenencia a Futuro Nazionale. Se trata, por el momento, de su versión de los hechos, que requiere las correspondientes comprobaciones. Pero el principio merece quedar establecido: ninguna afiliación política autoriza a golpear a una persona. La libertad de expresión pierde todo significado cuando solamente se concede a quienes piensan como nosotros.

Hay otro detalle que conviene observar con prudencia. Las crónicas mencionan la participación de numerosos jóvenes de origen extranjero. Ese dato, por sí solo, no demuestra responsabilidad individual ni colectiva en los incidentes. La nacionalidad, el origen familiar o el lugar de nacimiento no convierten a nadie en culpable. Las responsabilidades deben establecerse mediante hechos, pruebas e identificaciones concretas. Una piedra tiene autor; no tiene pasaporte político ni étnico.

La policía, por su parte, tiene la obligación de proteger a los ciudadanos, los establecimientos comerciales y las infraestructuras públicas, utilizando medios proporcionados a las circunstancias. También debe garantizar que quienes se manifiestan pacíficamente puedan hacerlo sin quedar atrapados entre grupos violentos y dispositivos de seguridad. El orden público no consiste en impedir las protestas, sino en permitir que se desarrollen dentro de la ley. Confundir ambas funciones sería tan equivocado como considerar que todo manifestante es responsable de los desmanes cometidos por unos pocos.

Lo ocurrido deja además una pregunta para quienes organizan estas convocatorias. Una manifestación necesita objetivos claros, responsables reconocibles y la capacidad de distinguirse de quienes buscan utilizarla para provocar enfrentamientos. Ningún organizador puede garantizar el comportamiento de cada participante, pero sí puede denunciar públicamente los actos que desvirtúan el reclamo. De lo contrario, quienes acudieron para exigir salarios dignos terminan viendo su protesta representada por las imágenes de una vidriera amenazada o una estantería derribada.

Turín posee una larga tradición de movilizaciones obreras, estudiantiles y ciudadanas. Esa historia merece respeto precisamente porque muchas conquistas sociales nacieron de reclamos sostenidos con perseverancia y sacrificio. Reducir una protesta contra el costo de vida a una sucesión de enfrentamientos significa perjudicar, antes que a nadie, a quienes necesitan que sus problemas sean escuchados. Y cuando una manifestación contra la carestía termina arrojando libros al suelo, la ironía resulta demasiado amarga: se reclama una vida más digna mientras se maltrata uno de los instrumentos que permiten comprenderla.

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