
Argentina — 31 de marzo de 2026
En los sótanos de Comodoro Py, donde se juega una de las causas más pesadas de la historia judicial argentina, ocurrió algo que no debería pasar en ningún tribunal serio: se reprodujo un video cuya cadena de custodia nadie pudo explicar.
El episodio tuvo lugar durante la audiencia del Tribunal Oral Federal N°7.
El empresario arrepentido Juan Carlos De Goycochea —imputado en la causa— tomó la iniciativa y pidió exhibir una declaración de Oscar Centeno realizada ante la justicia española. El tribunal, tras un breve cuarto intermedio, aceptó.
Lo llamativo no es solo la decisión, sino el contexto: el propio tribunal reconoció desconocer el origen del material y si correspondía a la versión completa de la declaración. Aun así, el video se proyectó. Todo quedó registrado.
La fiscal Fabiana León se opuso con firmeza. Argumentó que la incorporación de ese material ya había sido rechazada en la etapa de admisibilidad y que su reproducción implicaba, en la práctica, un “careo virtual” fuera de las reglas del proceso. No fue escuchada.
Lo que se vio en pantalla no fue menor. En su declaración ante la justicia española, Centeno —el hombre que dio origen al caso con sus cuadernos— se mostró dubitativo, evasivo y, sobre todo, distante de los hechos que aquí lo convirtieron en testigo clave.
Consultado sobre la empresa Isolux, fue categórico en su incertidumbre: dijo no recordarla, no conocerla y no saber quiénes eran sus interlocutores. A la pregunta directa sobre si conocía a alguien de la firma, respondió sin margen: “Ninguna. No conozco a nadie”.
La escena impacta porque golpea en el corazón del expediente. La causa Cuadernos se sostiene, en gran medida, sobre la credibilidad de Centeno. Si ese pilar se resquebraja, el edificio entero comienza a crujir.
El contraste no es menor. Mientras en Argentina su testimonio alimentó un juicio con decenas de imputados, en España —donde también fue utilizado— no alcanzó para sostener acusaciones. En 2022, la justicia de ese país descartó cargos contra un directivo de Isolux por considerar débil el material probatorio.
Aquí, en cambio, ese mismo testigo sigue siendo pieza central. Pero ahora, sus propias palabras, bajo juramento en otra jurisdicción, introducen una duda que ya no es técnica sino estructural.
El problema no es solo lo que dijo Centeno, sino cómo se incorporó. Aceptar un video editado, sin control de origen ni garantías de integridad, en un juicio con 87 imputados y cientos de testigos, abre una grieta procesal difícil de cerrar.
Lo que debía ser el proceso judicial más sólido contra la corrupción corre el riesgo de transformarse en su propia trampa: un caso gigantesco sostenido sobre pruebas discutibles y decisiones que debilitan su legitimidad.
Hoy continuarán las audiencias. No se descarta que otras defensas intenten replicar la jugada: aportar material externo y presionar al tribunal para que lo incorpore en vivo.
Si eso ocurre, el juicio dejará de ser un proceso para convertirse en un terreno resbaladizo donde cada prueba no solo se discute, sino que se improvisa.
Y en un juicio de esta magnitud, improvisar no es un detalle: es una señal de alarma.
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