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Chagos: soberanía en pausa, dignidad en juego

La isla Diego García es un atolón de 44 km², el más grande del archipiélago de las Islas Chagos, en el océano Índico, a unos 1600 km al sur de la India. La isla es un Territorio Británico de Ultramar y pertenece al Territorio Oceánico Británico.

La marcha atrás del Gobierno inglés con el proyecto de ley sobre las Islas Chagos no responde a una súbita iluminación jurídica, sino a una realidad más cruda: sin el visto bueno de Estados Unidos, Londres camina sobre arenas movedizas. Y cuando el socio mayor frunce el ceño, el aliado menor aprende a leer entre líneas.

El plan de Keir Starmer —ceder la soberanía a Mauricio y arrendar Diego García— nació envuelto en un lenguaje de legalidad internacional y pragmatismo estratégico. Pero bastó una andanada verbal desde la Casa Blanca para congelarlo. En política exterior, la elegancia doctrinal suele perder frente al músculo.

La reacción de Donald Trump, tan desmedida como previsible, funcionó como recordatorio: los tratados antiguos pesan cuando conviene, y estorban cuando no. El acuerdo de 1966, que consagra la soberanía británica sobre el archipiélago, reapareció no como reliquia, sino como arma arrojadiza.

Downing Street intentó minimizar su alcance, pero el calendario lo desmintió. Si el tratado fuera irrelevante, no habría prisa. La suspensión del debate en los Lores es, en los hechos, una admisión de vulnerabilidad: avanzar sin Washington sería abrir un frente innecesario con el Departamento de Estado.

El episodio revela además una contradicción incómoda. El Gobierno invoca la legalidad internacional —el dictamen de 2019 de la CIJ— mientras navega con cautela para no contrariar a su principal aliado militar. La ley como brújula; la alianza como ancla. No siempre apuntan al mismo norte.

Los conservadores, por su parte, olfatearon sangre. Entre advertencias legales y reproches patrióticos, aprovecharon la grieta para retratar a Starmer como dubitativo y concesivo. La oposición no propone una salida mejor; propone un coste político mayor.

En el trasfondo, la base de Diego García sigue siendo el verdadero asunto. La soberanía es el titular; la pista de aterrizaje, la sustancia. Nadie quiere poner en riesgo una instalación clave, y todos lo saben. Por eso el debate se desplaza del “qué” al “cómo” y, sobre todo, al “con quién”.

La escalada verbal entre Londres y Washington —Groenlandia, la OTAN, Afganistán— añade ruido a una negociación que requería sigilo. La diplomacia no se beneficia de conferencias de prensa de emergencia ni de adjetivos en mayúsculas.

Chagos no ha desaparecido de la agenda; ha entrado en hibernación. Cuando despierte, lo hará con menos retórica y más realismo. Porque en el tablero global, la soberanía se proclama; la seguridad se negocia. Y a veces, se aplaza.

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