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El precio del gasoil y el valor de una guerra

Donald Trump ha decidido suspender la aplicación de nuevas sanciones contra Rusia, según informa la agencia ANSA. La explicación política apunta al interés nacional estadounidense y a la necesidad de contener el precio del gasoil antes de las elecciones legislativas del 3 de noviembre. Traducido al lenguaje de la calle: mientras Ucrania cuenta los daños de los bombardeos, Washington cuenta los centavos que cuesta llenar un depósito de combustible. Ambas preocupaciones son reales. Lo discutible es convertir una de ellas en motivo suficiente para aliviar la presión sobre quien mantiene la invasión.

En Moscú recibieron la noticia con entusiasmo. Kirill Dmitriev, negociador cercano a Vladímir Putin, calificó la suspensión del llamado Graham Act como un acontecimiento histórico. No es difícil comprender su satisfacción. Las sanciones económicas tienen precisamente la finalidad de encarecer la continuación de una guerra. Cuando se suspenden, aunque sea temporalmente, el país sancionado obtiene un margen de maniobra que antes no tenía. Putin no necesita que Washington le entregue una victoria militar: le basta con que reduzca algunos de los obstáculos que dificultan financiar la maquinaria bélica.

La cuestión, sin embargo, no es tan sencilla como proclamar que Trump se ha rendido ante el Kremlin. Estados Unidos tiene intereses económicos propios, una población que reclama precios razonables y un presidente obligado a responder ante sus electores. Ninguna democracia puede ignorar indefinidamente el bolsillo de sus ciudadanos. Pero tampoco debería confundirse la administración de una economía con la renuncia a una estrategia internacional. Si las sanciones sirven únicamente mientras no incomodan al consumidor, su eficacia termina dependiendo del precio que aparece en el surtidor.

Volodímir Zelensky ha reaccionado con indignación. Desde Kiev, la suspensión representa una recompensa para el agresor en un momento en que Rusia continúa atacando infraestructuras energéticas ucranianas. La observación merece atención porque señala una contradicción elemental: se pretende aliviar el costo económico de la guerra para los estadounidenses mientras los ucranianos siguen pagando sus consecuencias con destrucción, desplazamientos y vidas humanas. No se trata de exigir sacrificios ilimitados a los contribuyentes norteamericanos, sino de reconocer que las decisiones económicas de una potencia pueden modificar las condiciones de supervivencia de otra nación.

También en el Congreso estadounidense han surgido críticas, incluso dentro del Partido Republicano. El punto más delicado no es solamente la conveniencia de las sanciones, sino la relación entre el poder presidencial y la voluntad legislativa. Cuando una norma aprobada por el Congreso queda neutralizada mediante decisiones del Ejecutivo, aparece una pregunta institucional que trasciende la guerra de Ucrania: ¿hasta dónde puede llegar un presidente al invocar el interés nacional para suspender los efectos de una ley? La respuesta debería encontrarse en el derecho constitucional, no en la simpatía o antipatía que despierte el ocupante de la Casa Blanca.

Europa, por su parte, anuncia que continuará aumentando la presión económica sobre Rusia. La Comisión Europea mantiene su respaldo a Kiev y trabaja en nuevas medidas restrictivas. La determinación resulta comprensible, aunque presenta una dificultad que Bruselas conoce perfectamente: las sanciones son más eficaces cuando las principales economías occidentales actúan coordinadamente. Si Washington abre una puerta mientras Europa intenta cerrar otra, Moscú dispone de nuevas oportunidades para negociar, comerciar y aprovechar las diferencias entre sus adversarios. La unidad occidental no se conserva mediante declaraciones solemnes, sino con decisiones compatibles.

Existe además una cuestión que rara vez ocupa el centro del debate público. El petróleo y sus derivados no son solamente mercancías: constituyen instrumentos de poder. Sus precios influyen en la inflación, el transporte, la industria y, naturalmente, las elecciones. Rusia conoce esa realidad desde hace décadas. Estados Unidos también. Por eso, cuando una sanción petrolera se modifica, no estamos necesariamente ante una simple medida comercial. Estamos ante una decisión capaz de alterar los ingresos de un Estado, las expectativas de los mercados y el equilibrio de una negociación internacional.

Trump sostiene una política exterior en la que los resultados económicos inmediatos suelen ocupar un lugar destacado. Sus críticos ven en esa orientación una concesión peligrosa; sus defensores pueden interpretarla como pragmatismo destinado a proteger a los consumidores y facilitar eventuales negociaciones. Ambas interpretaciones deben contrastarse con los resultados. Si la flexibilización contribuyera a obtener un alto el fuego verificable, tendría una justificación diplomática que merecería examinarse. Si solamente permite a Moscú recuperar ingresos mientras prosiguen los ataques, el balance sería considerablemente menos favorable.

La paz no se consigue necesariamente acumulando sanciones, pero tampoco se construye retirándolas sin obtener compromisos concretos. Entre castigar indefinidamente y conceder gratuitamente existe un amplio terreno llamado diplomacia. Allí deberían establecerse condiciones, garantías y obligaciones recíprocas. Porque una negociación seria no consiste en anunciar qué se está dispuesto a entregar antes de saber qué recibirá la otra parte. Eso puede resultar una excelente técnica para vender automóviles usados, pero difícilmente constituye una estrategia suficiente para resolver una guerra europea.

Al final, la cuestión no es si Trump tiene derecho a preocuparse por el precio del gasoil. Naturalmente que lo tiene. La cuestión es qué consecuencias produce esa preocupación cuando se transforma en política internacional. En Washington se aproxima una elección; en Moscú celebran una decisión; en Bruselas preparan nuevas sanciones y en Ucrania esperan que termine la próxima alarma aérea. Cada capital tiene sus prioridades. La diferencia es que algunas pueden calcularlas en dinero y otras deben contarlas entre los escombros. Y cuando el costo de una guerra empieza a medirse exclusivamente en el surtidor, conviene preguntarse quién está pagando realmente el combustible.

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Fuentes consultadas: Fuentes consultadas: ANSA, información facilitada; Casa Blanca, orden ejecutiva del 16 de octubre de 2026; Casa Blanca, promulgación del Graham Act, 18 de septiembre de 2026

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