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La hospitalidad termina donde empieza la invisibilidad

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Hay lugares que son monumentos y lugares que, además, son símbolos. La Torre Eiffel pertenece a esa segunda categoría. Uno puede discutir su arquitectura, hacer cola bajo la lluvia, protestar por el precio de la entrada o fotografiarla hasta agotar la batería. Lo que resulta bastante más difícil es entrar allí pretendiendo modificar, aunque sea por unas horas, las reglas elementales de la sociedad que la rodea.

Una delegación vinculada a BAPS, organización hinduista de origen indio, pidió limitar sus “interacciones con mujeres” durante una visita. La Société d’exploitation de la Tour Eiffel reconoció posteriormente que semejante solicitud existió y, todavía más importante, admitió que aquellas condiciones no debieron ser aceptadas.

Ahí está el verdadero asunto.

Porque pedir puede pedir cualquiera. En este mundo se solicitan habitaciones con determinada orientación, comidas sin determinados ingredientes, ceremonias particulares, horarios especiales y hasta almohadas capaces de satisfacer filosofías enteras. La hospitalidad moderna ha desarrollado una admirable elasticidad.

Pero apartar a una trabajadora porque es mujer no pertenece al catálogo de atenciones al visitante.

Pertenece a otro departamento.

El de los principios.

Los empleados de la Torre Eiffel entendieron perfectamente la diferencia y fueron a la huelga después de denunciar instrucciones laborales que habrían apartado, reemplazado y vuelto “invisibles” a empleadas por razón de su sexo. Y allí la cuestión dejó de ser una extravagancia protocolaria para convertirse en algo mucho más serio: una empresa europea habría acomodado su organización laboral al deseo de unos visitantes de reducir el contacto con mujeres.

Francia podrá discutir durante siglos qué significa exactamente Liberté, Égalité, Fraternité. Es parte de su encanto nacional discutir incluso aquello que lleva escrito en las fachadas. Pero resulta difícil introducir una nota al pie que diga: “Égalité, salvo petición de la delegación visitante”.

Por eso la reacción atravesó rápidamente distintas familias políticas. Desde autoridades parisinas hasta figuras nacionales de posiciones muy diferentes coincidieron en algo elemental: recibir al extranjero no significa esconder a la francesa.

Y ésa es quizá la parte más interesante del episodio.

Europa lleva décadas intentando resolver una ecuación delicadísima: ser una sociedad abierta sin transformarse en una sociedad acomplejada. Respetar religiones, costumbres y culturas diferentes sin caer en la extravagante conclusión de que respetarlas obliga a suspender los propios principios cuando alguien atraviesa la puerta.

No obliga.

Una sociedad verdaderamente tolerante puede acomodar una dieta religiosa, permitir una vestimenta, facilitar un espacio de oración y respetar una ceremonia. Todo eso engrandece la convivencia.

Pero cuando la adaptación exige que otra persona pierda derechos, desaparezca del puesto de trabajo o sea considerada inconveniente por haber nacido mujer, ya no estamos hablando de tolerancia.

Estamos hablando de sumisión disfrazada de buenos modales.

Y existe además una ironía considerable. La polémica ocurrió mientras Francia procura profundizar sus relaciones con India y en el contexto de la inauguración de un importante templo hinduista en las afueras de París. Nada hay de reprochable en ello. Al contrario: las relaciones entre sociedades distintas se construyen precisamente con puertas abiertas.

Pero una puerta abierta funciona en dos direcciones.

Quien llega merece respeto. Quien recibe también.

Ese sencillo equilibrio parece haberse perdido durante unas horas bajo las vigas de hierro más famosas del planeta. La dirección de la Torre Eiffel promete ahora investigar y sacar conclusiones. Hará bien.

Aunque probablemente no necesite una comisión demasiado numerosa para descubrir la principal.

Las costumbres de un visitante pueden viajar con él. Sus creencias también. Sus tradiciones, naturalmente.

Lo que no viaja en su equipaje es el derecho a decidir qué mujeres pueden permanecer visibles en el país que visita.

La Torre Eiffel sobrevivió a guerras, ocupaciones, atentados, revoluciones culturales, millones de turistas y aproximadamente otros tantos vendedores de recuerdos.

Seguramente sobrevivirá también a esta controversia.

Pero quizá deje una pequeña lección europea, escrita sin necesidad de iluminarla por la noche:

bienvenido sea todo el mundo. Las mujeres se quedan.

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Fuentes consultadas: Agence France-Presse (AFP), declaraciones de la Société d’exploitation de la Tour Eiffel (SETE), autoridades francesas y prensa internacional.

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