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Alemania inventó palabras formidables para ordenar incluso sus temores. Una de ellas es Brandmauer: el muro cortafuegos levantado por los partidos tradicionales para impedir que Alternative für Deutschland participe del poder.
El problema de los muros políticos es que pueden contener a un partido. Mucho más difícil resulta contener a sus votantes.
En Sajonia-Anhalt, AfD alcanzó el 44,2% según las proyecciones de la noche electoral. La CDU quedó reducida al 18%, aproximadamente la mitad de su resultado anterior. La participación, además, fue extraordinariamente elevada. Difícil, por lo tanto, atribuir semejante resultado a la apatía de una mayoría que se quedó tomando cerveza en casa. La gente fue a votar. Y votó.
Ese detalle cambia bastante la conversación.
Durante años, buena parte de la política alemana respondió al crecimiento de AfD con una fórmula comprensible: aislarla. Friedrich Merz llegó incluso a proponerse reducirla a la mitad. Ocurrió exactamente lo contrario en este Land: AfD casi duplicó su porcentaje mientras la CDU perdió aproximadamente la mitad del suyo.
Quizá haya llegado entonces el momento de formular una pregunta desagradable.
¿Y si el problema no fuese solamente AfD?
Porque un cordón sanitario puede determinar con quién no se gobierna. No puede sustituir una política económica, resolver el malestar social, administrar la inmigración, devolver confianza a las instituciones ni convencer a un ciudadano que siente —con razón o sin ella— que Berlín habla mucho de él pero pocas veces con él.
Ulrich Siegmund entendió ese vacío. Tiene 35 años, maneras cuidadas y un programa que dista mucho de ser inocuo. Entre sus propuestas aparecen medidas radicales sobre educación, inmigración, radiotelevisión pública y financiación de las iglesias. Además, la organización regional de AfD está clasificada por los servicios de inteligencia internos como extremista de derecha. Nada de eso debería esconderse debajo de la alfombra para hacer más cómodo el análisis.
Pero tampoco sirve esconder debajo de otra alfombra a quienes lo votaron.
Ahí comienza el verdadero problema alemán.
Cuando casi uno de cada dos electores elige una fuerza situada fuera del perímetro político tradicional, llamarlos extremistas, desinformados, resentidos o equivocados puede proporcionar unos minutos de satisfacción moral. Después hay que volver a abrir las urnas. Y los votos siguen allí.
La democracia contiene una pequeña crueldad que a veces olvidan quienes la administran: el ciudadano no tiene obligación de votar correctamente según el criterio del gobierno.
Tiene derecho incluso a votar mal.
Y los demás tienen derecho —y obligación— de combatir políticamente esa elección.
Pero combatirla exige algo bastante más trabajoso que levantar una pared alrededor del adversario. Exige preguntarse por qué tanta gente está dispuesta a atravesar la puerta que los partidos tradicionales llevan años señalando como prohibida.
La CDU enfrenta ahora esa contradicción. Si mantiene intacta la Brandmauer, podría necesitar una coalición extraordinariamente heterogénea para impedir que AfD gobierne Sajonia-Anhalt. Si comienza a perforarla, habrá modificado uno de los principios políticos que Alemania sostuvo durante años frente a la extrema derecha. La propia dirección democristiana reiteró tras conocerse los resultados que no colaborará con extremistas de derecha.
Cualquier camino tiene precio.
Y éste es probablemente el resultado más importante del domingo: AfD todavía no necesita gobernar para condicionar el gobierno.
Obliga a la CDU a discutir su estrategia, presiona sobre Friedrich Merz, altera los cálculos de las próximas elecciones regionales y convierte una elección de un pequeño Land oriental en una advertencia nacional.
Berlín puede mantener el muro.
Puede reforzarlo.
Puede pintarlo nuevamente y colocarle carteles explicando por qué nadie debería cruzarlo.
Pero si detrás del muro continúa creciendo el número de ciudadanos, tarde o temprano habrá que hacer algo bastante más difícil que vigilar los ladrillos:
preguntar qué los llevó hasta allí.
Porque las democracias rara vez comienzan a tener problemas cuando aparecen partidos incómodos.
Los problemas serios comienzan cuando los partidos cómodos dejan de comprender a sus electores.
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Fuentes consultadas: ANSA, ARD/Tagesschau y prensa alemana.
