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La nueva peste: cuando la política decide quién fue culpable del virus

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Seis años después del estallido del Covid-19, cuando el mundo intenta ordenar cifras, errores y aprendizajes, Argentina ha optado por un camino más áspero: revisar la pandemia como si aún fuera una batalla abierta.

El gobierno de Javier Milei, a través de su Oficina de Respuesta Oficial, ha señalado al infectólogo Pedro Cahn como una “pieza central de la infectadura”. No es un matiz. Es un concepto diseñado para reescribir el pasado.

La acusación no se limita a una figura. Se extiende a asesores médicos, exfuncionarios y a toda una estructura sanitaria que gestionó la crisis bajo presión extrema. El lenguaje elegido no es técnico ni sanitario: es político, deliberadamente político.

El término “infectadura” no describe una política pública, sino que la juzga. Y al hacerlo, transforma decisiones tomadas en contexto de emergencia en elementos de un relato que busca responsables claros, incluso retrospectivos.

El problema no es revisar lo ocurrido. De hecho, es necesario. Pero entre la revisión y la condena hay una distancia que, una vez cruzada, convierte la memoria en herramienta de confrontación.

Argentina no está sola en este giro. En distintos puntos del mundo, la pandemia comienza a reinterpretarse bajo nuevas claves ideológicas. Las restricciones sanitarias, antes justificadas por la urgencia, hoy son leídas por algunos como excesos de poder.

En ese marco, la salida del país de la Organización Mundial de la Salud no es un hecho aislado, sino parte de una narrativa más amplia que privilegia la soberanía por sobre la cooperación internacional.

Sin embargo, la paradoja persiste. Durante años, Argentina se benefició de redes globales de salud, programas de vacunación y estrategias coordinadas para el control de enfermedades.

Lo que está en juego ya no es solo el pasado, sino el modo en que ese pasado será contado. Y en ese relato, la figura del médico deja de ser técnica para convertirse en símbolo.

La pandemia fue, entre otras cosas, una prueba de equilibrio entre libertad y protección. La discusión actual, en cambio, parece centrarse en quién tiene derecho a definir qué fue necesario y qué fue exceso.

Y así, mientras el virus pertenece al pasado, su interpretación sigue siendo un territorio en disputa.

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