
La guerra moderna rara vez comienza con un disparo aislado. Empieza con señales. En el Golfo Pérsico, una de esas señales fue el reciente cierre temporal del Estrecho de Ormuz por parte de Irán, una demostración breve pero suficiente para recordar al mundo dónde se encuentra uno de los nervios vitales de la economía global.
Por ese corredor de apenas 24 millas circula aproximadamente una cuarta parte del petróleo mundial y un tercio del gas natural licuado. Controlarlo, incluso por unos días, puede alterar mercados, decisiones políticas y cálculos militares.
El ataque iniciado por Estados Unidos junto con Israel abre ahora un escenario en el que esa geografía estratégica vuelve a convertirse en un arma. Irán ya respondió con misiles hacia Israel, pero su capacidad de presión real podría no estar en el cielo sino en el mar.
Durante años, la República Islámica ha invertido en drones, misiles balísticos y guerra naval asimétrica. Sus fuerzas pueden hostigar petroleros, sembrar minas o lanzar ataques de enjambre con lanchas rápidas. No es necesario cerrar completamente el estrecho: basta con volverlo incierto.
Ese tipo de presión tiene un efecto inmediato en los mercados energéticos y en las cancillerías. Un bloqueo prolongado obligaría a las grandes potencias consumidoras —desde China hasta Europa— a intervenir diplomáticamente para frenar la escalada.
Pero la misma carta que podría salvar al régimen también puede ponerlo en riesgo. Irán depende de las exportaciones de petróleo, especialmente hacia Asia. Si el estrecho se cerrara por demasiado tiempo, el daño económico recaería también sobre Teherán.
La ecuación es delicada. Un golpe demasiado débil podría parecer una señal de debilidad. Uno demasiado fuerte podría desencadenar una respuesta devastadora de Estados Unidos.
Además, la red regional que durante años funcionó como sistema de disuasión iraní —Hezbolá, milicias iraquíes y hutíes— ya no posee la fuerza intacta de otros tiempos. La arquitectura estratégica de Teherán muestra grietas.
Sin embargo, subestimar a Irán sería un error clásico. Su doctrina militar se basa precisamente en explotar las vulnerabilidades del adversario con medios más baratos y difíciles de neutralizar.
En ese tablero, Ormuz sigue siendo el as en la manga. No garantiza la victoria, pero sí la capacidad de alterar el juego.
Y en una guerra donde la economía global está sentada a la mesa, alterar el juego puede ser suficiente para cambiar el final.
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