
Minneapolis amaneció con un cadáver más y una explicación menos. Un hombre de 37 años, Alex Jeffrey Pretti, cayó abatido por agentes federales en medio de una protesta contra el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas. El video es brutal, pero el comunicado es pulcro. Como siempre, la sangre ensucia la calle; el lenguaje, no.
Las imágenes muestran a varios agentes enmascarados forcejeando, derribando y reduciendo. Luego, disparos. Después, quietud. La versión oficial habla de un arma, de cargadores, de miedo. El video —ese maldito testigo que no vota ni miente— no aclara quién disparó, pero sí muestra quién dominaba la escena.
El guion se activó de inmediato. “Situación trágica”, dijo el poder; “tiros defensivos”, repitió el poder. La semántica del gatillo fácil se disfraza de protocolo. Y cuando el protocolo falla, la palabra “caos” se arroja sobre la ciudad como gas lacrimógeno.
No es un hecho aislado. Hace menos de tres semanas, otra muerte atribuida a agentes federales encendió las calles. Dos episodios, una misma narrativa: temor por la vida del agente, culpa local, silencio sobre el uso desproporcionado de la fuerza. La repetición no es coincidencia; es sistema.
El alcalde de Minneapolis habló claro: golpeado y baleado. El jefe de policía añadió un dato incómodo: sin antecedentes penales. La familia fue más lejos: manos en alto, teléfono en la mano, intento de proteger a otra persona. Entre el “estaba armado” y el “estaba ayudando”, el Estado elige creerle al arma que no vemos.
Desde Washington, el dedo acusador apuntó hacia el norte. La culpa, dicen, es de las autoridades locales que “no cooperan”. Traducido: si no aplauden la militarización, merecen el incendio. Y si hay incendio, la respuesta es más botas, más gases, más balas.
El expresidente Donald Trump reapareció con su coro habitual: extranjeros, crimen, amenaza. La política convertida en megáfono del miedo. Mientras tanto, en la calle, los manifestantes gritan “huelo nazis” y los agentes responden “boo hoo”. La democracia reducida a muecas.
La pregunta no es si había un arma; es por qué la muerte parece siempre la opción preferida cuando el uniforme es federal. ¿Cuántos videos más hacen falta para que la investigación no sea una promesa sino una pausa real? ¿Cuántos “temí por mi vida” justifican una vida menos?
Minneapolis está “estable”, dicen. Estable como una ciudad que aprende a convivir con funerales y comunicados. Estable como un país que confunde control con justicia. Y mientras la Guardia Nacional se despliega, la verdad sigue en el suelo, esperando que alguien se atreva a levantarla.
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