
El murmullo de una posible intervención militar vuelve a escucharse en Washington mientras Irán arde por dentro. Donald Trump sopesa opciones frente a un régimen que responde con balas a las protestas, y lo hace desde un tono de amenaza calculada: “encerrados, cargados y listos”. El lenguaje es duro; la decisión, por ahora, contenida.
La Casa Blanca ha recibido informes y escenarios, pero predominan las alternativas no cinéticas: ciberataques, sanciones, despliegues disuasorios. No es prudencia desinteresada. Dentro de la administración existe el temor de que un golpe militar fracture, en lugar de fortalecer, una revuelta que nace de la calle y no del extranjero.
Mientras tanto, en Irán, la represión avanza bajo la sombra de un apagón informativo casi total. Testimonios fragmentarios describen disparos directos contra manifestantes desarmados, hospitales desbordados y morgues sin nombres. La cifra de muertos, según organizaciones de derechos humanos, supera los doscientos y amenaza con crecer.
Las protestas, iniciadas a finales de diciembre, han desafiado el miedo con una consigna simple: el fin de la República Islámica. El objetivo último es derribar a uno de los dirigentes más longevos del planeta, el ayatolá Ali Khamenei, símbolo de un poder que envejece sin ceder.
El apagón nacional no es solo técnico; es político. Sin Internet ni llamadas internacionales, la economía cotidiana se paraliza y la violencia se vuelve invisible. Drones sustituyen a cámaras apagadas, y la noche se llena de disparos allí donde antes había consignas.
Desde el exilio, Reza Pahlavi ha alentado nuevas concentraciones, presentándose para algunos como figura de transición. Washington, sin embargo, evita abrazar esa carta: cualquier gesto explícito podría servir al régimen para desacreditar la protesta como conspiración extranjera.
Las autoridades iraníes, por su parte, endurecen el discurso. Arrestos “significativos”, advertencias judiciales y acusaciones de terrorismo importado buscan recomponer el control. La televisión estatal sigue emitiendo, inmune al apagón, como si el país no estuviera en llamas.
En este equilibrio inestable, Estados Unidos camina sobre una cuerda floja. Intervenir demasiado pronto puede ahogar una rebelión auténtica; no hacer nada expone a Washington a la acusación de indiferencia ante una masacre. La historia reciente enseña que las decisiones tomadas desde lejos suelen pagarse cerca.
La pregunta, entonces, no es solo si habrá ataque, sino si el mundo sabrá mirar sin interferir y sin apartar la vista. En Irán, hoy, el silencio impuesto vale más que cualquier misil. Y romperlo, con inteligencia y mesura, puede ser más decisivo que disparar el primero.
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