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La paz se anuncia en Washington, pero la guerra continúa en Ucrania

La paz no se consigue publicando un mensaje en las redes sociales. Donald Trump anunció un alto el fuego energético entre Rusia y Ucrania, pero el Kremlin evitó confirmar el acuerdo y los ataques contra instalaciones ucranianas continuaron. La diplomacia puede permitirse ciertas ambigüedades; los ciudadanos que se quedan sin electricidad, calefacción o agua potable tienen bastante menos margen para interpretar las palabras.

Desde Varsovia, el comandante supremo aliado de la OTAN, general Alexus Grynkewich, recordó una cuestión elemental: la Alianza Atlántica no busca una guerra, pero responderá si alguno de sus miembros es atacado. La advertencia no constituye una declaración de hostilidades. Es la reafirmación de un compromiso defensivo que lleva décadas sosteniendo el equilibrio europeo. Sin embargo, cuando los generales necesitan recordar públicamente que están dispuestos a combatir, significa que la tranquilidad continental no atraviesa precisamente su mejor temporada.

Vladimir Putin continúa administrando los tiempos de la guerra con una paciencia que sus adversarios difícilmente pueden permitirse. Moscú mantiene abiertos los contactos diplomáticos, pero rechaza compromisos que puedan limitar sustancialmente sus operaciones militares. La propuesta ucraniana de una tregua de sesenta días para organizar elecciones recibió una respuesta particularmente reveladora: el Kremlin estaría dispuesto a suspender los ataques aéreos durante la jornada electoral. Veinticuatro horas de consideración democrática, después de años de destrucción.

Volodímir Zelenski, por su parte, reclama garantías verificables antes de aceptar una suspensión de ataques contra infraestructuras energéticas. Su posición tiene una lógica difícil de discutir: un acuerdo que solamente existe en las declaraciones de una de las partes no constituye todavía un acuerdo. También resulta legítimo preguntarse qué condiciones permitirían celebrar elecciones libres mientras parte del territorio permanece ocupado, millones de ciudadanos están desplazados y las fuerzas armadas continúan movilizadas. La democracia necesita urnas, pero también condiciones para que los electores puedan utilizarlas.

Entretanto, Washington ha introducido otro ingrediente en esta compleja negociación: el gasóleo ruso. Trump decidió flexibilizar temporalmente determinadas sanciones para facilitar su llegada al mercado, defendiendo la medida como una decisión favorable a los consumidores estadounidenses. La explicación económica resulta comprensible en un país donde el precio del combustible tiene consecuencias políticas inmediatas. Lo que merece examen es la contradicción entre exigir presión sobre Moscú y permitirle recuperar oportunidades comerciales precisamente cuando esa presión debería producir resultados.

El presidente estadounidense acusa a Europa de continuar comprando energía rusa. Y no carece completamente de argumentos. Algunos países europeos mantienen importaciones de gas natural licuado, mientras otros siguen dependiendo de suministros transportados por oleoductos y gasoductos. Pero señalar las contradicciones ajenas no elimina las propias. Si comprar combustible ruso contribuye a sostener económicamente al Kremlin, el efecto no cambia de naturaleza según la operación se facture en euros o en dólares.

Europa tampoco puede presentarse como un bloque perfectamente coherente. Francia, Alemania y las instituciones comunitarias reclaman mantener las sanciones, mientras las necesidades energéticas y las diferencias entre gobiernos complican una política uniforme. La alta representante Kaja Kallas insiste en que no corresponde aliviar la presión sobre Rusia sin resultados concretos. La posición tiene fundamento, aunque deja pendiente una pregunta incómoda: cuánto tiempo podrán sostener los europeos una estrategia de presión sin resolver sus propias dependencias.

En este escenario, el petróleo y sus derivados han adquirido un protagonismo que compite con los comunicados diplomáticos. Las refinerías rusas representan objetivos estratégicos para Ucrania, mientras Moscú continúa atacando instalaciones energéticas ucranianas. Pero existe una diferencia material importante: Rusia dispone de una infraestructura de refinación mucho más extensa. Una tregua limitada exclusivamente a las refinerías podría producir beneficios desiguales si no incluye también las centrales eléctricas y las redes que permiten funcionar a las ciudades. En diplomacia, como en contabilidad, conviene leer las condiciones escritas en letra pequeña.

Trump necesita demostrar resultados. La proximidad de las elecciones legislativas estadounidenses y el encarecimiento del combustible convierten cualquier negociación energética en una cuestión doméstica. Putin necesita preservar capacidad de maniobra. Zelenski necesita garantías de seguridad y continuidad del apoyo occidental. Europa necesita evitar que una solución negociada a sus espaldas termine comprometiendo su propia estabilidad. Todos hablan de paz, aunque cada uno parece consultar primero su respectiva agenda.

La situación se vuelve particularmente grave cuando las declaraciones sobre treguas coinciden con nuevas víctimas civiles. Según las autoridades ucranianas citadas por ANSA, un ataque ruso contra una vivienda próxima a Kramatorsk dejó tres muertos, entre ellos una adolescente de trece años. Ninguna consideración estratégica debería convertir esas muertes en una nota secundaria. Las guerras se discuten entre gobiernos, pero sus consecuencias suelen descargarse sobre personas que jamás participaron en las decisiones.

Conviene también evitar una simplificación peligrosa: exigir negociaciones no equivale a justificar una invasión, del mismo modo que defender el derecho de Ucrania a resistir no obliga a celebrar indefinidamente la continuación de la guerra. Rusia inició la invasión a gran escala en febrero de 2022 y conserva la responsabilidad de esa decisión. Reconocerlo no impide examinar críticamente las actuaciones de Washington, Bruselas o Kiev. El periodismo no está obligado a elegir entre el silencio complaciente y el entusiasmo militar.

La verdadera prueba de una negociación no consiste en determinar quién consigue anunciar primero una victoria diplomática. Consiste en comprobar si cesan los ataques, si existen compromisos verificables y si las poblaciones afectadas recuperan alguna perspectiva de normalidad. Mientras tanto, los dirigentes seguirán hablando de seguridad, soberanía, energía y mercados. Son asuntos importantes, desde luego. Pero sería saludable recordarles que la paz no se mide por la cantidad de comunicados publicados, sino por la cantidad de personas que pueden volver a dormir sin escuchar las sirenas.

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Fuentes de referencia: ANSA; crónica británica facilitada sobre las negociaciones energéticas entre Estados Unidos y Rusia; declaraciones atribuidas a la OTAN, la Presidencia de Ucrania, el Kremlin y representantes europeos.

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