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Noventa minutos, cuarenta años de memoria

El fútbol posee una extraña capacidad para abrir cajones que la diplomacia preferiría mantener cerrados. Argentina derrotó a Inglaterra en la semifinal del Mundial y, apenas sonó el silbato final, la celebración se mezcló con un símbolo que jamás pasa inadvertido: una pancarta con la inscripción “Las Malvinas son Argentinas”.

En cuestión de minutos, un festejo deportivo se transformó en un nuevo capítulo de una discusión que lleva casi dos siglos y que la guerra de 1982 convirtió en una herida todavía abierta para muchas familias.

La bandera había sido lanzada desde las tribunas. Giovani Lo Celso la recogió, cruzó las vallas publicitarias y, con la ayuda de Lisandro Martínez, la desplegó sobre el campo. Otros jugadores acompañaron la escena mientras desde las gradas descendían cánticos menos diplomáticos que los comunicados de las cancillerías.

Una segunda bandera apareció en otro sector del estadio. Nicolás Tagliafico atribuyó el gesto a la emoción del triunfo, mientras Leandro Paredes fue más directo: “Las Malvinas siempre serán argentinas”.

La respuesta de Londres no tardó. Downing Street reiteró que la posición británica permanece inalterable y sostuvo que el derecho a decidir el futuro de las islas corresponde a sus habitantes. La portavoz del primer ministro resumió la réplica con una frase construida para atravesar titulares: el Mundial podrá no pertenecerles, pero las Malvinas sí.

Allí aparece un aspecto que buena parte de la opinión pública argentina suele contemplar con dificultad. El gobierno británico no presenta su posición únicamente como la defensa de una posesión territorial, sino también como la tutela de la voluntad de los isleños, quienes han manifestado ampliamente su deseo de continuar bajo soberanía británica.

Esa idea de autodeterminación resulta casi invisible para una mentalidad política argentina formada durante décadas bajo gobiernos, partidos, instituciones y dirigencias acostumbrados a imponer decisiones desde arriba, aunque luego las revistieran con el papel de regalo de la voluntad popular. No siempre es sencillo reconocer en los demás un derecho que tantas veces se aceptó recortado dentro de casa.

Argentina rechaza, sin embargo, que el principio de autodeterminación pueda aplicarse al caso. Sostiene que la población actual de las islas no constituye un pueblo originario sometido a dominación colonial, sino una comunidad establecida y consolidada después de la ocupación británica de 1833. Desde esa perspectiva, el conflicto debe resolverse mediante negociaciones de soberanía entre ambos Estados.

Londres y Buenos Aires hablan, por lo tanto, idiomas jurídicos diferentes. El Reino Unido invoca la autodeterminación de los habitantes; Argentina defiende la integridad territorial y considera que existe una situación colonial pendiente de resolución. En esa colisión de principios se encuentra el núcleo de un desacuerdo que ninguna pancarta puede resolver, pero que tampoco puede ser explicado seriamente omitiendo una de sus partes.

En Buenos Aires, las reacciones oficiales mostraron diferencias poco habituales. El canciller Pablo Quirno y la vicepresidenta Victoria Villarruel respaldaron la exhibición de la bandera como una reafirmación de los derechos argentinos.

Javier Milei, en cambio, consideró válidas las celebraciones de los futbolistas, pero se distanció de lo que calificó como consignas nacionalistas baratas. El presidente afirmó que las islas deberán recuperarse mediante una diplomacia inteligente y no por medio de gestos patrióticos vacíos.

La controversia adquirió mayor relieve al coincidir con la protesta formal presentada por Argentina por los movimientos del patrullero británico HMS Medway en el Atlántico Sur. Buenos Aires denunció una incursión militar en áreas bajo jurisdicción argentina. Londres respondió que el buque realizaba tareas logísticas rutinarias y que se habían cumplido los procedimientos establecidos por el derecho internacional.

Dos episodios diferentes quedaron unidos por el mismo telón de fondo: una soberanía que ambas capitales continúan interpretando de manera irreconciliable.

También la FIFA quedó bajo observación. Sus normas prohíben los mensajes políticos en los encuentros oficiales, por lo que el episodio podría derivar en sanciones económicas o disciplinarias una vez concluido el torneo. La eventual multa será sencilla de calcular. Mucho más difícil será medir el valor político de una imagen que ya recorrió el mundo.

En Argentina, la victoria fue celebrada con un fervor que trascendió el resultado futbolístico. Las portadas mezclaron a Maradona, Messi, la “Mano de Dios”, la revancha y el inagotable placer de derrotar a Inglaterra. En las calles, algunos aficionados confundieron nuevamente la alegría con la humillación del adversario, quemando banderas y exhibiendo ataúdes con la cruz de San Jorge.

La memoria colectiva es legítima. La burla, en cambio, suele ser una administradora torpe de la historia. Una reivindicación territorial no gana dignidad porque se incendie la bandera del otro, ni pierde fuerza porque se exprese sin estridencias.

Las Malvinas permanecen donde siempre estuvieron: a casi quinientos kilómetros de la costa argentina y en el centro de una disputa que resiste gobiernos, generaciones, guerras, resoluciones internacionales y campeonatos de fútbol.

Los partidos terminan, los trofeos cambian de manos y las celebraciones se apagan con el amanecer. Las cuestiones de soberanía, en cambio, rara vez aceptan el cronómetro del deporte.

A veces basta una bandera desplegada durante unos segundos para recordar que hay partidos cuya prórroga lleva casi dos siglos.

🖋️ El Guardián de los Archivos | 2026


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