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Ecos de la revolución mientras el régimen iraní reúne a reformistas

Mohamed Reza Pahlavi

Teherán conmemora el aniversario de 1979 envuelto en una ironía cruel: las consignas que un día anunciaron el derrumbe del Sha hoy regresan como un eco contra los muros de la República Islámica. El régimen celebra su victoria reciente sobre los manifestantes; las azoteas responden con desafío.

En 1979, la propaganda describía a un poder agotado, sostenido por la tortura y la desigualdad. La historia parece repetirse con otros nombres y otros uniformes. Cambiaron el Sha por Jamenei, el Savak por la Guardia Revolucionaria; no cambió la lógica del miedo como método de gobierno.

Las detenciones de figuras del llamado campo reformista revelan algo más que celo policial: exponen la fragilidad de un sistema que desconfía incluso de su oposición leal. El mensaje es inequívoco: en tiempos de amenaza, no hay matices tolerables.

El régimen actúa como si hubiese ganado tiempo, no futuro. Sofocó el levantamiento con violencia extrema y silencio informativo, pero no logró clausurar la política de las ventanas: la de los gritos nocturnos que devuelven a la calle lo que la calle perdió de día.

Revoolución contra Saa, la tarde del 11 de febrero 1979 se completó la disolución de la monarquía

A diferencia de 1979, la escena exterior pesa como una sombra inmediata. La concentración de fuerzas estadounidenses en la región introduce un vértigo estratégico: la tentación de resolver por la fuerza lo que la represión no logra domesticar.

Desde el podio, el presidente promete firmeza y diálogo en la misma frase, mientras la multitud corea enemigos. La coreografía del poder insiste en la fortaleza; la liturgia del régimen exhibe su soledad.

Jamenei, ausente, concentra la decisión última. La apuesta por dilatar negociaciones y reducirlas a lo nuclear sugiere una convicción peligrosa: que el tiempo juega a favor de quien controla la porra. No siempre ocurre.

En Washington, la impaciencia convive con la tentación intervencionista; en el Golfo, los aliados temen el precio regional de un error. La República Islámica, cercada por dentro y por fuera, confía en que la intimidación sea un puente. Suele ser un precipicio.

Las marchas oficiales pretenden sellar normalidad. Pero obligar a los deudos a aplaudir no produce legitimidad: fabrica rencor. Y el rencor, en regímenes cerrados, es una cuenta que nunca prescribe.

La represión compra silencio, no consentimiento. La cohesión del poder se vuelve rígida cuando se defiende del aire. El régimen puede haber ganado su última batalla contra los manifestantes; la guerra por el futuro de Irán sigue abierta.

✍️ El testigo incómodo | 2026


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