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Viviendas para el duelo

Corea del Norte
El acto es, ante todo, una escena: una calle nueva, edificios recién pintados, una coreografía de consuelo. Kim Jong-un inaugura viviendas para las familias de soldados norcoreanos caídos en Ucrania y, al hacerlo, convierte el duelo privado en liturgia pública.

Pyongyang rara vez nombra a sus muertos fuera del marco histórico. Aquí lo hace, pero sin abandonar el ritual: héroes, gloria, sacrificio. El reconocimiento existe, cuidadosamente envuelto en una epopeya.

Las cifras importan porque rompen el silencio. Miles de norcoreanos habrían muerto o resultado heridos en Kursk. No es un detalle: es una sangría que el régimen decide, por una vez, no esconder del todo.

La calle “Nueva Estrella” promete techo a quienes perdieron a alguien en una guerra lejana. Es alivio material para una herida que no se cierra con ladrillos. El Estado construye viviendas; la ausencia no se edifica.

La presencia de la hija de Kim añade otra capa: sucesión, continuidad, pedagogía del poder. El duelo se hereda como relato oficial. La política también se aprende en ceremonias.

Hay un mensaje externo, además del interno. Pyongyang exhibe lealtad a Moscú en el momento en que la alianza se vuelve estratégica y explícita. Las viviendas no son solo política social: son propaganda geopolítica.

Y hay un mensaje hacia dentro: el sacrificio será reconocido, aunque tarde y en cuotas simbólicas. El Estado agradece, ordena el dolor y lo devuelve como orgullo.

Nada de esto repara la asimetría brutal entre quienes mueren y quienes deciden. El gesto no altera la ecuación del poder; la decora. En regímenes cerrados, la compasión también se administra.

Reconocer pérdidas no es lo mismo que asumir responsabilidades. La épica del sacrificio sirve para normalizar lo que no debería ser normal: enviar jóvenes a morir lejos, por causas ajenas a su vida cotidiana.

La calle quedará. Los nombres, no. Entre la memoria oficial y la memoria íntima hay un abismo que ningún edificio cruza. En ese vacío se asienta, silenciosa, la política del duelo.

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