
En Irán, la represión ha cruzado una nueva frontera: la de los hospitales. Lo que debería ser un refugio para la vida se ha transformado en un escenario de horror, saturación y miedo. Los testimonios que logran salir del país, a pesar del apagón casi total de internet, describen un sistema sanitario desbordado por heridos de bala y médicos obligados a improvisar quirófanos mientras las fuerzas de seguridad disparan munición real contra civiles.
El sonido del llamado “Código 99”, reservado para pacientes con heridas de bala, se ha vuelto cotidiano en hospitales de todo el país. Su repetición no es un detalle técnico: es el síntoma de una violencia sistemática. Detrás de cada alerta hay un cuerpo joven, una vida truncada, una familia condenada al duelo silencioso.
Los relatos médicos que han logrado filtrarse son estremecedores. Reanimaciones fallidas, mujeres de poco más de veinte años que mueren en camillas, morgues desbordadas y cifras de muertos que crecen sin confirmación oficial posible. El apagón informativo impuesto por el régimen no solo busca controlar el relato: pretende ocultar la magnitud de una represión que ya no distingue entre la calle y la sala de urgencias.

La censura digital ha convertido a sistemas satelitales como Starlink en el último hilo de comunicación con el exterior. A través de él, residentes describen un país atrapado en el miedo: protestas nocturnas, gases lacrimógenos lanzados sin medida, disparos indiscriminados. En ciudades grandes y pequeñas, la violencia se extiende como una guerra no declarada contra la población civil.
El mensaje del poder es claro y brutal. La advertencia del fiscal de Teherán, que amenaza con la pena de muerte a quienes sean considerados mohareb —enemigos de Dios—, busca sembrar terror y desmovilización. Sin embargo, el efecto parece ser el contrario. Decenas de miles de iraníes continúan saliendo a las calles, conscientes de que protestar puede costarles la vida, pero convencidos de que el silencio ya no es una opción.

Las mujeres, una vez más, ocupan un lugar central. Jóvenes y adultas, muchas de ellas sin experiencia previa en movilizaciones, se suman a las marchas con una determinación que recuerda —y a la vez supera— protestas pasadas. El lema “Mujeres, Vida, Libertad” reaparece no solo como consigna política, sino como declaración existencial frente a un Estado que responde con balas.
Mientras tanto, los hospitales dejan de ser espacios neutrales. Médicos denuncian la entrada de fuerzas de seguridad para retirar cuerpos, heridos que evitan buscar atención por miedo a ser arrestados y profesionales sanitarios obligados a realizar triajes improvisados a distancia para personas que sangran en sus casas. La criminalización de la protesta alcanza así al derecho más básico: el derecho a ser atendido.
La historia reciente de Irán demuestra que estas crisis no se miden solo por el número de muertos, sino por las grietas que dejan en la relación entre el Estado y su sociedad. Hoy, esas grietas atraviesan quirófanos, pasillos hospitalarios y morgues saturadas. Cuando un régimen convierte la salud en otro instrumento de control, el conflicto deja de ser político y se vuelve moral.
El silencio impuesto puede retrasar la verdad, pero no borrarla. Y mientras los hospitales sigan recibiendo cuerpos en lugar de pacientes, el mundo debería preguntarse cuánto tiempo más puede sostenerse una represión que ya no se oculta, sino que se impone a plena vista… incluso en las salas de emergencia.
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