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La hora del reflejo autoritario

El poder en Irán vuelve a cerrarse sobre sí mismo. La orden del líder supremo, Ali Jamenei, de poner a los servicios de seguridad en alerta máxima no es un gesto de fortaleza, sino una señal de temor: cuando la calle se mueve y la lealtad se duda, el régimen responde concentrando el mando.

La decisión de entregar la represión al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica confirma ese diagnóstico. La Guardia no es solo una fuerza armada; es el seguro de vida político del sistema. Que deba tomar las calles revela el miedo a deserciones en el ejército regular y la policía, pilares tradicionales del orden interno.

Los informes sobre agentes detenidos por negarse a disparar contra manifestantes son especialmente elocuentes. La obediencia, base del control, empieza a resquebrajarse cuando la violencia deja de ser incuestionable incluso para quienes la ejecutan. Allí, la represión pierde eficacia y gana costos.

El contexto regional agrava la escena. Tras la guerra con Israel y la exhibición de “ciudades subterráneas de misiles”, Teherán busca mostrar disuasión externa mientras intenta sofocar la presión interna. Pero la militarización total no sustituye la legitimidad: apenas la posterga.

Desde afuera, las advertencias se multiplican. Donald Trump amenaza con castigos “donde más duele”, mientras Europa condena la violencia contra civiles. El régimen responde con retórica desafiante, consciente de que cualquier intervención externa podría unificar momentáneamente filas, pero también escalar el conflicto.

Las cifras de muertos y detenidos, el corte de Internet y la interrupción de vuelos describen un país en estado de excepción no declarado. El aislamiento informativo busca controlar el relato, aunque también delata inseguridad: cuando se apaga la red, suele ser porque el poder teme a lo que circula.

Las protestas nacieron de la economía —moneda en caída, precios en alza— y evolucionaron hacia un rechazo político más amplio. Ese tránsito es clave: cuando el malestar material se convierte en consigna contra el régimen, la crisis deja de ser coyuntural.

Irán no vive aún un punto de quiebre definitivo, pero sí una fase de desgaste profundo. El “modo supervivencia” que admiten sus propios funcionarios es incompatible con la estabilidad a largo plazo. Gobernar solo con miedo puede contener por un tiempo; rara vez resuelve.

En ese equilibrio precario, el régimen apuesta a resistir. La pregunta ya no es si puede reprimir, sino cuánto más puede hacerlo sin que la represión misma acelere aquello que pretende evitar.

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