En la Sala Clementina del Palacio ApostĂłlico, el papa Leone XIV se dirigiĂł este 25 de agosto a un grupo de monaguillos franceses en peregrinaciĂłn a Roma. Su mensaje fue directo, fuerte y sin anestesia: la falta de sacerdotes es una desgracia para la Iglesia.
Con palabras cargadas de fuego espiritual, recordĂł que la EucaristĂa no es un rito de obligaciĂłn sino el centro de la vida cristiana: allĂ donde Cristo sigue entregando su vida “hoy, otra vez, sobre el altar”. La Misa —dijo— “salva el mundo hoy”, porque vuelve a poner en acto el misterio de la cruz y la resurrecciĂłn.
El Papa no dudó en sacudir conciencias juveniles, llamando a descubrir la vocación sacerdotal “domingo tras domingo”, e invitando a no reducir la fe a una costumbre social o un deber de calendario. Con tono profético, planteó las preguntas de siempre:
- “¿Quién nos salvará de la enfermedad, del fracaso, de la muerte misma?”
- Y respondió sin vacilar: “Solo Jesús, porque solo Él tiene poder para hacerlo: es Dios mismo que nos amó hasta morir por nosotros”.
Su mensaje va más allá de Francia o de la crisis de vocaciones: es un latigazo al cristianismo tibio que mira la cruz de reojo, como si fuera un sĂmbolo antiguo, y se olvida de que Cristo sigue siendo crucificado cada dĂa por la indiferencia, la comodidad y la flojera humana.
Comentario de RedacciĂłn
Lo que dice Leone XIV toca una fibra que atraviesa no sĂłlo a la Iglesia, sino a la sociedad entera. La crisis de vocaciones, en el fondo, refleja una crisis de compromiso: cuesta entregarse a algo que pida constancia, silencio, renuncia. Y ahĂ entra nuestra flojera: preferimos la inmediatez, el aplauso rápido, la comodidad, antes que un “sĂ” que dura toda la vida.
Cuando el Papa afirma que la Misa “salva el mundo hoy”, está recordando algo que el mundo ya no quiere oĂr: que la fe no es decoraciĂłn cultural, sino una fuerza viva. La paradoja es evidente: gritamos que faltan mĂ©dicos, maestros, justicia, pero no vemos que tambiĂ©n faltan pastores. Es como si quisiĂ©ramos los frutos sin cultivar la raĂz.
La flojera no es solo la del creyente que no va a misa: es la flojera de una sociedad que no se anima a hacerse cargo de su sed espiritual, que busca atajos y termina anestesiada. El resultado: Cristo sigue siendo crucificado, no ya por clavos, sino por indiferencia.
En lo personal, el Papa acierta al hablar a los jĂłvenes con crudeza. Porque si no los sacudĂs, se pierden en la avalancha de ofertas fáciles. Y quizás lo más revolucionario hoy sea justamente eso: recordar que el amor verdadero implica sacrificio.
Il Contraddittore ✝️
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