
Uber vuelve a mirar hacia arriba. La compañía plantea que Londres podría convertirse en uno de los primeros mercados europeos donde despeguen taxis voladores eléctricos antes de 2030, un servicio pensado para conectar a los pasajeros con aeropuertos y zonas estratégicas de la ciudad en cuestión de minutos.
La imagen que inspira el proyecto no es nueva: recuerda a la fantasía futurista de los años sesenta, cuando las ciudades del mañana se imaginaban llenas de vehículos que despegaban verticalmente desde los techos. La diferencia es que hoy la tecnología comienza a acercarse a ese escenario.

Los aparatos previstos pertenecen a la categoría eVTOL, aeronaves eléctricas capaces de despegar y aterrizar verticalmente. Con capacidad para cuatro pasajeros y velocidades cercanas a los 320 kilómetros por hora, prometen cubrir trayectos urbanos en tiempos drásticamente menores que los actuales.
El sistema que imagina Uber combina transporte terrestre y aéreo. El usuario pediría el servicio desde la aplicación, un automóvil lo trasladaría hasta un vertipuerto y, desde allí, abordaría el vuelo eléctrico hacia otro punto de la ciudad o hacia el aeropuerto.

La compañía asegura que el precio podría ser comparable al de sus servicios premium actuales. La estrategia busca evitar que el taxi aéreo quede limitado a un lujo extravagante, aunque todavía resulta incierto cuán accesible será en la práctica.
Antes de pensar en precios o comodidad, sin embargo, aparece el primer gran obstáculo: la regulación. En el Reino Unido, las aeronaves deberán obtener certificaciones de seguridad y las empresas operadoras licencias específicas que incluyan formación de pilotos, mantenimiento y rutas autorizadas.
El espacio aéreo urbano no pertenece a nadie, pero sí está sujeto a controles estrictos. La Autoridad de Aviación Civil deberá evaluar cada modelo de aeronave antes de permitir su uso comercial.
Las autoridades locales, por su parte, no pueden prohibir los vuelos, pero sí tienen poder sobre la infraestructura terrestre. Eso incluye vertipuertos, permisos urbanísticos y, sobre todo, el impacto acústico.
Aunque las nuevas aeronaves prometen ser más silenciosas que los helicópteros, no son completamente silenciosas. En ciudades densamente pobladas como Londres, el ruido podría convertirse en un punto sensible para los vecinos.
Otro desafío es la infraestructura. Convertir azoteas, estacionamientos o helipuertos en puntos de despegue exige inversiones, planificación urbana y coordinación entre empresas privadas y gobiernos.
Aun así, el entusiasmo tecnológico empuja el proyecto. Uber planea iniciar operaciones en Dubái y luego avanzar hacia ciudades como Nueva York y Los Ángeles antes de consolidar su expansión.
La pregunta no es solo si los taxis voladores serán posibles, sino cuándo dejarán de ser una curiosidad futurista para convertirse en parte cotidiana del transporte urbano.
Si la promesa se cumple, el mayor lujo no será volar sobre la ciudad. Será algo mucho más simple: ganar tiempo en un mundo cada vez más congestionado.
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