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La línea que no distingue apellidos

Andrew Mountbatten-Windsor no ha sido juzgado, pero el país sí vuelve a ser examinado. La escena del convoy entrando en Sandringham al amanecer, el día de su cumpleaños, no es solo una anécdota policial: es una postal incómoda del cruce entre poder, privilegio y rendición de cuentas.

La sospecha de mala conducta en un cargo público remite a una vieja pregunta británica: ¿qué ocurre cuando el deber se confunde con la cercanía al poder y la confidencialidad se convierte en moneda de cambio? La ley, en teoría sobria, no distingue entre apellidos ilustres y ciudadanos corrientes.

Que la investigación se extienda a direcciones en Berkshire y Norfolk subraya una idea simple: el Estado de derecho no conoce residencias blindadas. La diligencia policial, si es tal, no debería alterarse por el peso simbólico de los muros que toca.

Durante años, el nombre de Andrew ha orbitado alrededor de un escándalo que no se apaga. No es una condena; es un recordatorio de que la reputación pública se erosiona por acumulación, no por sentencia. Y la erosión, en democracias maduras, acaba pidiendo procedimientos.

La política hizo lo que debe hacer la política: recordar que nadie está por encima de la ley. Es una frase gastada que, sin embargo, solo adquiere valor cuando se pronuncia en contextos incómodos. La igualdad ante la norma no es un lema; es una práctica.

El desafío no es mediático, es institucional. La investigación debe avanzar con rigor, sin teatralidad ni atajos, protegida de la prisa por titulares y del reflejo de la deferencia. La justicia se debilita cuando parece actuar para la galería.

También la Corona afronta su propia prueba: cooperar sin escenificar, acompañar sin interferir. La neutralidad responsable no es silencio: es facilitar, no estorbar. En tiempos de escrutinio, la sobriedad es un activo.

La tentación del juicio anticipado convive con el cansancio ciudadano. Ni la absolución preventiva ni la condena por sospecha sirven a la verdad. Lo único que la sirve es un proceso completo, transparente y proporcional.

El interés público es real, pero no autoriza la sustitución del proceso por el rumor. La dignidad de las instituciones se mide por su capacidad de soportar la presión sin deformarse.

Si hay delito, que lo determine un tribunal; si no lo hay, que la claridad cierre una herida larga. En ambos casos, el país gana cuando el procedimiento vence al privilegio.


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