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El heredero incómodo

Un joven Saadi Gaddafi (centro) en Roma en 1993, invitado a una sesión de entrenamiento de la Lazio, entre el entrenador Zoff y el futbolista Gascoigne.

Libia vuelve a amanecer con una noticia que no cierra heridas: Saif al-Islam Gadafi, el heredero incómodo del régimen caído, fue asesinado en su jardín durante enfrentamientos entre milicias. El disparo que lo mató parece un episodio más del ruido permanente; su silencio, en cambio, pesa como una confesión que ya no llegará.

Hijo del dictador derrocado, Saif fue durante años el puente entre el viejo poder y la mirada del mundo. Con Musa Ibrahim, puso palabras donde el régimen solo tenía consignas. En esa frontera entre propaganda y diplomacia improvisada, aprendió a hablarle a la prensa internacional con una mezcla de seducción y amenaza.

Su figura creció a medida que la guerra civil se radicalizaba. De reformista tardío pasó a encarnar la resistencia total contra el Consejo Nacional de Transición y la OTAN. El viraje no fue ideológico: fue de supervivencia. En Libia, las biografías suelen escribirse con pólvora.

La captura de 2011 y la condena a muerte de 2015 no clausuraron su historia. Recluido en Zintan, Saif se volvió un espectro útil: vivo para unos, desaparecido para otros, símbolo para quienes no aceptaron la derrota. La justicia libia, fragmentada como el país, nunca logró imponer un final convincente.

En 2021, su anuncio de candidatura presidencial tensó lo indecible. Lo hizo con La Haya aún reclamándolo, como si la legalidad internacional fuera un ruido de fondo en una nación habituada a negociar con los hechos consumados. Fue un gesto de audacia, o de impunidad aprendida.

Ahora, su muerte reordena silencios. Entre milicias, nadie reclama autoría; entre potencias, nadie se apura a preguntar. Las circunstancias sin esclarecer son la coartada perfecta de una guerra que hace de la opacidad su método.

Queda, además, el capítulo incómodo de las revelaciones sobre financiamientos extranjeros. Lo que Saif dijo —y lo que prometía decir— vuelve a quedar en el limbo donde descansan los secretos que conviene no probar. La bala también borra archivos.

Libia pierde a un actor central de su posguerra sin haber resuelto su guerra. Gana, acaso, un muerto que no podrá hablar. En un país donde la verdad se administra por facciones, el silencio vuelve a ser la moneda más estable.

La lección es cruel y conocida: las transiciones sin justicia producen fantasmas; las guerras sin relato producen amnesias. Entre ambas, Libia sigue intentando escribir su futuro con tinta que se corre al primer disparo.

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