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Alice y Ellen Kessler: el último paso sincronizado

Elegante con filo, como ellas. Así se despiden las Kessler: sin estridencias, sin lágrimas públicas, sin melodrama. Quienes las vieron brillar en los Campos Elíseos no imaginaban que aquel dúo rubio de precisión terminaría escribiendo su epílogo con la misma disciplina con la que ensayaban cada gesto.

Nacieron juntas, vivieron juntas, trabajaron juntas y escogieron morir juntas, en un país donde el suicidio asistido dejó de ser tabú para convertirse en decisión. No hay romanticismo fácil: sólo la lucidez de dos mujeres que ya habían dado todo lo que querían dar.

Las Kessler eran una coreografía hecha persona. A los 20 encendían el Lido de París; a los 21 se colaban en Eurovisión; a los 23 ya tenían a Astaire, Sinatra y Belafonte mirándolas desde la platea. No eran sólo piernas largas y estética sincronizada: eran talento con disciplina alemana envuelto en glamour internacional.

Italia las adoptó sin pedir papeles. En 1962 llegaron, pisaron Studio Uno y provocaron un fenómeno con “Da-da-un-pa”. Después vinieron los programas, las películas, los discos, los musicales y hasta la portada de Playboy más vendida de la historia italiana. “Piernas de la nación”, sí. Pero también cabeza fría y orgullo profesional.

Rechazaron a Elvis, desafiaron a los productores, jamás usaron un hombre como trampolín. “Nunca nos hicimos dependientes”, dijo Alice una vez, resumiendo en una frase lo que miles no logran explicar en un libro entero. Ese fue su verdadero acto de insurrección.

Regresaron a Alemania, siguieron trabajando hasta los 80 y acumularon premios oficiales por unir dos países que más de una vez se miraron con desconfianza. Ellas lo hicieron bailando, sonriendo y sin discursos grandilocuentes: diplomacia con lentejuelas.

Y cuando decidieron que el telón debía caer, lo hicieron como todo en su vida: sincronizadas, silenciosamente, sin sobreactuar. Dejaron instrucciones claras: misma urna, junto a su madre y a su caniche Yelo. No es tragedia; es coherencia.

Alice y Ellen Kessler: 1938–2025.
Su último número fue también el más perfecto.

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